“MI MARIDO NUNCA ME HA TOCADO ASÍ”, CONFESÓ LA SOCIALISTA HERIDA MIENTRAS EL GRANJERO LE VENDABA LA PIERNA.

No te preocupes, ya terminó.
Las manos de Santiago sujetaban el tobillo de Sofía con una firmeza que ella no recordaba haber sentido jamás. Sus dedos, ásperos por años de trabajar la tierra, rozaban la piel de su pantorrilla mientras limpiaba la herida con agua de lluvia que goteaba de un cubo de metal. Ella temblaba, empapada hasta los huesos, pero no era por el frío. Era otra cosa. Algo que no podía describir.
—Te va a quemar —advirtió, rasgándose la camisa para improvisar un vendaje.

El algodón se derretía bajo sus manos morenas. Sofía lo miraba fijamente, incapaz de apartar la vista de la concentración en su rostro, la forma en que entrecerraba los ojos para ver mejor en la penumbra del establo, la delicadeza con la que le envolvía la pierna como si fuera algo frágil, importante.
—¿Cuánto tiempo hace que no comes bien? —preguntó de repente con voz grave—. Estás muy delgada.
Nadie le había preguntado algo así en cinco años. Cinco años de fiestas, vestidos caros y fotos perfectas. Cinco años de sonrisas ensayadas junto a Rodrigo Salazar, el hombre con quien se casó para salvar el rancho de su abuelo.
—No es asunto tuyo —murmuró, más por costumbre que por convicción.
—Ahora sí —respondió, sin alzar la voz—. No puedes desmayarte mientras te estoy atendiendo.
Sus manos se movieron un poco más arriba, ajustando el vendaje. El pulgar de Santiago presionó suavemente para comprobar que no estuviera demasiado apretado. Ese gesto simple, casi insignificante, le atravesó el pecho como un rayo. Y antes de que pudiera contenerse, las palabras brotaron por sí solas:
—Mi marido nunca me tocó así.
El silencio se hizo denso. Santiago permaneció inmóvil, con las manos aún sobre su pierna. Sus miradas se cruzaron en la penumbra del establo mientras la tormenta azotaba el techo de hojalata.
—Señora Salazar… —comenzó.
—Sofía —lo interrumpió, con la voz quebrándose—. Solo Sofía.
Apartó las manos como si se hubiera quemado. Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas, que se mezclaban con las gotas de lluvia que aún caían de su cabello. Cinco años de un “matrimonio perfecto”. Cinco años durmiendo sola en una cama tamaño king.
Cinco años desde aquel beso correcto, breve y de mal gusto en su boda. Esa misma noche, Rodrigo se había ido a dormir a su estudio, “por el desfase horario del viaje”.
Nunca regresó a su habitación.
—Tienes que cambiarte —dijo Santiago, poniéndose de pie y dándole la espalda—. Hay mantas en la casa principal.
—No quiero irme a casa.
—Te vas a enfermar.
—Bueno —dijo con una risa amarga—. Al menos sería algo diferente. Algo real. No he sentido nada real en cinco años.
Santiago apretó la mandíbula. Por un segundo pareció que iba a decir algo, pero solo suspiró.
—Vamos. Chabela preparará té caliente.
Extendió la mano. Fue un error; ambas lo supieron al instante. Pero Sofía la tomó. El calor de aquella palma contra la suya fue como despertar de un largo y profundo sueño de cinco años. Y aún no podía imaginar hasta dónde la llevaría aquel simple contacto.
La casa principal olía a leña y vino. Chabela, con su delantal floreado y sesenta años de sabiduría campesina, no hizo preguntas al verlos entrar, completamente empapados.
—Al baño. Ahora mismo —ordenó, señalando las escaleras—. Tengo algo de ropa de mi sobrina. Te quedará bien.
Sofía obedeció, demasiado débil para discutir. Bajo el agua caliente de la ducha, finalmente lloró. No fueron lágrimas elegantes y discretas, como las que se derraman en eventos benéficos, sino sollozos fuertes y desordenados, nacidos de un lugar profundo que había enterrado el día que firmó su “contrato matrimonial”.

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