Porque eso era. Un contrato.
Su abuelo, el hombre que la llevaba a hombros por los viñedos cuando era niña, había fallecido, dejando la hacienda con deudas insuperables: diez millones de pesos que ella no tenía. La familia Salazar apareció con una solución brillante: Rodrigo necesitaba una esposa respetable para acallar los rumores. Necesitaba salvar el legado de su abuelo.
«Es solo un trozo de papel», le había dicho su madre. «El amor es para las novelas, Sofía. Las mujeres de nuestra clase entienden de acuerdos, no de fantasías».
Tenía veinticuatro años y sentía más miedo que opciones.
Cuando bajó las escaleras, vestida con unos vaqueros ajenos y una camisa de algodón con olor a lavanda, Santiago estaba sentado a la mesa de la cocina, también con ropa seca. Chabela le puso una taza humeante delante.
—Té de manzanilla. Y come —le entregó un sándwich de jamón y queso—. Nada de esas tonterías de que no tienes hambre.
Sofía dio un bocado. Era sencillo, sin pretensiones. No recordaba la última vez que había comido algo que no hubiera sido servido por personal uniformado en vajilla fina.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Chabela, sentándose frente a ella.
—Llegué esta mañana.
—No me refiero a la casa —negó la mujer—. ¿Cuánto tiempo llevas muerto por dentro?
Sofía dejó la taza temblorosa.
—No sé de qué estás hablando.
—Trabajé para tu abuelo durante treinta años —replicó Chabela con dureza—. Lo vi llevarte a hombros entre las vides cuando tenías cinco años. Aquella niña era muy inteligente. La que llegó hoy parece un fantasma.
Sofía abrió la boca para responder, pero la puerta se abrió. Santiago entró, sacudiéndose la lluvia.
“El generador funciona bien”, informó, “pero las carreteras estarán intransitables hasta mañana”.
Mañana. Eso significaba que tenía que quedarse allí al menos una noche. En la habitación que llevaba su apellido, pero que apenas conocía.
En la sencilla habitación que le habían preparado, el colchón era duro y la cama individual parecía diminuta comparada con la de Buenos Aires. Sofía miró el vendaje de su pierna. La tela olía a tierra húmeda y a algo indefinible que le revolvía el estómago. Afuera, la tormenta arreciaba.
Y por primera vez en cinco años, se permitió admitir una verdad incómoda: su matrimonio no era un papel, era una tumba.
Y ella acababa de sentir, bajo las manos de un desconocido, lo que era estar viva.
A la mañana siguiente, Santiago estaba en su oficina revisando el registro de poda cuando ella apareció en la puerta.
—Me quedo —dijo, incluso antes de saludar.
Levantó la vista, sorprendido.
“La vendimia necesita supervisión”, añadió Sofía con la barbilla en alto. “Este es mi lugar”.
—Chabela ha supervisado esta estancia durante treinta años, señora.
—Soy el propietario.
Santiago cerró el cuaderno con más fuerza de la necesaria.
—Con el debido respeto… usted no sabe distinguir entre un Malbec y un Torrontés.
—Entonces enséñame —soltó de repente.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Se frotó la cara, cansado.
—Su marido está en Buenos Aires.
—Cerrando un trato con inversores coreanos—concluyó Sofía. —No volverá hasta finales de mes.
—Eso no significa que sea una buena idea.
—¿Qué no es una buena idea? ¿Conocer mi propia tierra?
No tenía respuesta para eso. A las siete en punto, caminaban entre las hileras de viñas. El sol naciente pintaba las montañas con tonos dorados y púrpuras. Sofía llevaba unas botas prestadas que le quedaban grandes, y tropezaba de vez en cuando.
—Malbec —dijo Santiago, tocando con reverencia una hoja—. Tu abuelo plantó estas vides el mismo año en que nació tu madre. Cada uva tiene una historia.
“MI MARIDO NUNCA ME HA TOCADO ASÍ”, CONFESÓ LA SOCIALISTA HERIDA MIENTRAS EL GRANJERO LE VENDABA LA PIERNA.
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