Santiago la miró con una ternura que ardía.
—Porque lo eres —susurró, besándole la frente.
Entre viñas cargadas de uvas casi maduras, bajo un cielo que comenzaba a llenarse de estrellas, Sofía supo con serena certeza que no cambiaría nada: ni las deudas, ni el contrato, ni la tormenta, ni las lágrimas.
Todo la había llevado hasta allí: a él, a la tierra, a sí misma.
Y por primera vez en muchos años, fue simplemente perfecto
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