“MI MARIDO NUNCA ME HA TOCADO ASÍ”, CONFESÓ LA SOCIALISTA HERIDA MIENTRAS EL GRANJERO LE VENDABA LA PIERNA.

“No lo conocía bien”, admitió. “Murió cuando yo tenía veintitrés años”.
“Era un buen hombre. Me dio trabajo cuando nadie más lo hizo.”
—¿Por qué nadie te contrataba?
Santiago dio unos pasos para responder.
—Porque perdí mi propia granja. —Su voz era monótona, desprovista de autocompasión—. Tres años seguidos de sequía. Los bancos no esperan a que llueva.
Sofía sintió un nudo en la garganta.
-Lo lamento.
—No te disculpes. Él me enseñó lo que realmente importa.
Arrancó una hoja seca y la desmenuzó entre sus dedos.
—Tu abuelo me dijo algo el día que me contrató: “La tierra no es algo que poseas, sino algo que cuides”.
—¿Y qué posees ahora?
Santiago se detuvo y la miró fijamente a los ojos.
—Nada… y todo, dependiendo de cómo lo mires.
Fue la primera en apartar la mirada.
Las horas pasaron como minutos. Explicó sobre plagas, niveles de azúcar, épocas de cosecha. Hablaba con una pasión contenida y unas manos que parecían conocer cada planta.
Esa noche, Sofía cenó con el personal por primera vez. Doce personas apiñadas alrededor de una mesa larga, empanadas, vino de la cosecha anterior, risas que estallaban sin previo aviso.
—La señora está comiendo con nosotros —dijo Juan, el más pequeño, sorprendido.
—La señora tiene nombre —respondió, sirviéndose ensalada—. Y sí, Juan: la señora come.
Las risas llenaron el cobertizo. Santiago sonrió, y esa sonrisa transformó su rostro serio. Sofía sintió algo parecido a la nostalgia por algo que nunca había tenido: pertenencia.
Más tarde, Chabela la llevó a la oficina.
—Esa mujer está casada —soltó de repente, señalando la ventana por donde se veía a Sofía alejándose.
—Chabela… —intentó Santiago.
—Sé lo que vi en tus ojos y en los de ella durante la cena —interrumpió—. Puede que su marido sea un canalla frío y despiadado, pero sigue siendo su marido. Y tú tienes principios. No los olvides.
Esa noche, el teléfono de Sofía vibró en la habitación.
—¿Dónde estás? —La voz de Rodrigo sonaba tan fría como siempre.
—En Mendoza. Ya te lo dije.
—Han pasado tres días. El hotel tiene personal para eso. El evento benéfico de la familia Martínez es el viernes. No llegues tarde.
—No voy a ir —respondió Sofía, con un nuevo y diferente temblor.
El silencio al otro lado de la línea se volvió tenso.
—Lo siento —corrigió—. Dije que no voy.
—Sofía… —su nombre sonaba como una advertencia—. No empieces.
—¿Empezar qué? ¿Empezar a vivir mi vida?
Colgó antes de poder arrepentirse. Con las manos aún temblorosas, miró por la ventana. Había una luz encendida en la casa del capataz. Se preguntó si Santiago estaría despierto, pensando en ella, o si solo era su imaginación buscando refugio.
No sabía que dos semanas podían cambiar toda una vida.
En dos semanas, los ritmos de la estancia se habían convertido en el nuevo reloj de Sofía: café a las cinco, viñedos al amanecer, bodegas al mediodía, llamadas con Chabela por la tarde. Buenos Aires se sentía lejana, casi irreal.
Esa mañana, en medio de la poda, Santiago apareció detrás de él.
—Nunca aprenderás así —murmuró, tomándole las manos para corregir la forma en que sostenía las tijeras—. La rama secundaria se corta aquí.
Sus grandes manos envolvieron las de ella. Su pecho rozó su espalda. El aroma a sudor limpio y tierra la envolvió. Sofía dejó de ver las ramas; solo oía los latidos de su propio corazón.
—Así —susurró—. Perfecto.
No se apartó de inmediato. Tres segundos. Cinco. Una eternidad. Hasta que la voz de Pedro los interrumpió, llamando a Santiago por un problema con la bomba de riego. Se marchó bruscamente. Sofía se quedó allí temblando, con unas tijeras en la mano.

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