Y entonces apareció frente a ella.
—¿Bailamos? —preguntó Santiago con una media sonrisa.

El corazón de Sofía se detuvo por un segundo.
—¿Sabes bailar samba?
—Mi madre no me dejó otra opción.
Él le tomó la mano. La samba era un juego de seducción sin contacto físico, pero sus cuerpos estaban tan cerca que Sofía sentía cada una de sus respiraciones. Giraban, avanzaban y retrocedían. El pañuelo ondeaba entre ellos como una promesa.
—Te he estado observando —murmuró, aprovechando un giro.
—Lo sé —respondió ella sin apartar la mirada—. Yo también te he visto.
—Te ves diferente.
—Lo soy. Soy… feliz.
Apenas sonrió.
—Se nota.
No pudieron seguir hablando. Rosa apareció para presentarle a unos invitados importantes; luego llegó el alcalde, seguido de un periodista de una revista de vinos. Cada vez que Sofía intentaba volver con Santiago, alguien la llamaba. Cuando por fin tuvo un momento, él ya no estaba en el patio.
Lo encontró en el granero. El mismo granero. El mismo olor a heno y madera. Las mismas balas donde, dos años antes, se había vendado la pierna.
—Sabía que vendrías —dijo desde la puerta.
“Necesitaba respirar”, admitió. “Y dejar de fingir que no te estuve buscando toda la noche”.
Él rió, en voz baja.
—No fingí nada. Te estaba buscando descaradamente.
Se acercó lentamente, como si ella fuera algo que pudiera romperse.
—Ya estoy aquí —dijo Sofía, poniéndose de pie—. Y hay algo que necesitas oír.
Lo miró fijamente a los ojos.
—Soy libre. Legal y emocionalmente. Divorciada, dueña de mi vida, de esta tierra y de mis decisiones. No quiero huir de nada. Quiero elegir.
Se detuvo a un metro de ella.
—¿Elegir qué, Sofía?
Él tragó.
—Elegirte a ti. Elegirnos a nosotros. Quiero algo real. No perfecto, no fácil. Real.
Santiago cerró los ojos por un instante, como si saboreara aquellas palabras.
—Desde aquella tormenta, sé lo que quiero —confesó, abriendo de nuevo los ojos—. Quiero despertar contigo, discutir sobre la cosecha, reírme de tus ideas descabelladas y admirar las que funcionan. Quiero una vida contigo… y con esta tierra.
Dudó un segundo.
—Llevo años ahorrando. Tenía pensado comprar un par de hectáreas y construir mi propia bodega.
—¿Vas a dejarme? —preguntó con voz apenas audible.
—No, tontería —dijo riendo—. Pero quería algo propio. No vivir siempre de un sueldo.
Sofía sintió que algo se encendía en su pecho.
—¿Y si en lugar de irme… sugiero algo mejor?
—¿Mejor que mi bodega? Es difícil decirlo.
—Una sociedad —dijo con calma—. Cruz Quintana. Al 50%. Tus ahorros, tu experiencia, tu trabajo. Mi tierra, mis contactos, mi tenacidad. Todo compartido: riesgo, trabajo, ganancias.
La miró como si no estuviera seguro de haber oído bien.
—¿Me estás ofreciendo ser tu igual? —susurró.
—Te ofrezco la oportunidad de ser mi socio en todo —corrigió Sofía, tocándole la mandíbula con un dedo—. No quiero que trabajes para mí. Quiero que trabajemos juntos.
Santiago tragó saliva. Luego negó con la cabeza, pero sonreía.
—Te quiero —dijo finalmente—. Pero tengo condiciones.
—Por supuesto que las tienes —resopló, riendo entre lágrimas—. Eres increíblemente honorable.
—Primero: vayamos despacio. Nada de mudarnos juntos mañana y repetir errores del pasado. Segundo: todo por escrito. Sociedad legal, contratos claros. No quiero que nadie diga que estoy contigo por dinero.
Sofía lo miró con ternura.
—Acepto. Con una condición.
-Lengua.
—Bésame otra vez.
Lo logró. Esta vez no había ira ni urgencia desesperada. Solo una promesa lenta y profunda, con sabor a vino, a tierra y al futuro.
Cuando salieron del establo, de la mano, la música seguía sonando y el cielo comenzaba a llenarse de estrellas. Nadie dijo nada, pero Rosa silbó suavemente, Chabela sonrió mirando su copa y Juan casi se atragantó al ver sus manos entrelazadas.
“MI MARIDO NUNCA ME HA TOCADO ASÍ”, CONFESÓ LA SOCIALISTA HERIDA MIENTRAS EL GRANJERO LE VENDABA LA PIERNA.
Read More