“MI MARIDO NUNCA ME HA TOCADO ASÍ”, CONFESÓ LA SOCIALISTA HERIDA MIENTRAS EL GRANJERO LE VENDABA LA PIERNA.

Gratis.
La palabra pesaba mucho… y a la vez liberaba.
Marcó el número de Santiago con las manos sudorosas.
—Estoy divorciada —dijo ella en cuanto él contestó—. Oficialmente. Los papeles llegaron hoy.
Al otro lado de la línea se produjo un largo silencio.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—En Buenos Aires. Mañana regreso a Mendoza. Para quedarme.
—No vengas a por mí —dijo.
Sintió que el corazón se le encogía.
-¿Eso?
—Ven porque amas esta tierra. Porque es tu hogar. No por un hombre que tal vez no sea digno de lo que sacrificaste.
—Perdí cincuenta y tres millones de pesos —susurró Sofía.
—No los perdiste. Los elegiste. Y si no te arrepientes… entonces nos veremos en Mendoza.
Antes de que pudiera responder, añadió, casi sonriendo:
—Ya estoy de vuelta. Hace dos semanas. Chabela no te lo dijo porque te conoce. Mañana, cuando llegues, haremos las cosas como es debido. Sin prisas.
Y colgó.
Los primeros seis meses fueron una humillación provechosa. Sofía no sabía leer una factura, confundía términos técnicos y preguntaba sobre salarios que la hacían sonrojar. Vendió el coche deportivo, recortó gastos innecesarios, renegoció contratos y creó un programa de reparto de beneficios para los trabajadores.
“Esto no es caridad”, les dijo, de pie frente a una mesa repleta de papeles. “Es justicia. Ustedes hacen que esta tierra produzca. Merecen participar de lo que produce”.
Santiago mantuvo la distancia. «Buenos días, señora», «el informe está en su escritorio», «las vides del norte necesitan atención». Ni un solo comentario adicional, ni una mirada prolongada. Le dolía, pero Sofía lo entendía: primero tenía que aprender a valerse por sí misma.
Dieciocho meses después de aquella noche tormentosa, despertó con el sol de Mendoza entrando a raudales por las cortinas que ella misma había cosido. Tenía las manos callosas. La piel quemada por el sol. Y, por primera vez, le gustó su reflejo en el espejo.
El lugar era diferente: más dinámico, más equitativo. Habían contratado a Lucía, una agrónoma brillante que hablaba con pasión sobre los suelos. Los salarios habían subido, al igual que la producción. La bodega empezaba a hacerse un nombre.
Su corazón aún dolía un poco cada vez que Santiago pasaba y le decía con su distante “buenos días, señora”. Pero él ya no la definía. Ahora sabía que estaba completa, aunque lo extrañaba.
Organizó la fiesta de la vendimia por tradición, aunque ella misma nunca la había vivido. Las luces colgaban entre los árboles como estrellas atrapadas. Doscientas personas llenaban el patio: empleados, familias, vecinos.
—La señora tiene que dar el discurso —gritó Pedro.
—No preparé nada —protestó Sofía.
—Mejor —rió Rosa—. Habla con el corazón.
Sofía se quedó de pie frente a la gente, con un vaso en la mano y un nudo en la garganta.
“Mi abuelo solía organizar estas fiestas”, comenzó diciendo. “Y yo no estaba allí. Vivía una vida que no era mía, en una ciudad que no era mi hogar. Mientras tanto, ustedes mantuvieron viva esta tierra”.
Miró a Chabela, a Rosa, a Juan, a Lucía. Dirigió una mirada, sin querer, hacia el borde de la multitud, donde Santiago la observaba con las mangas de su camisa blanca remangadas y sus ojos oscuros fijos en ella.
“Esta propiedad no es solo mía”, continuó, con la voz ligeramente quebrada. “Es nuestra. Ustedes son tan herederos de mi abuelo como yo. Por eso, hoy brindamos por la cosecha que hemos recogido juntos y por el futuro que construiremos juntos”.
Los gritos y el tintineo de los vasos llenaban el aire. La música volvió, más fuerte. Lucía la arrastró a la pista de baile. Cuando empezó la samba, alguien le puso un pañuelo blanco en la mano.

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