Wolfy no se movía, no ladraba, no pedía nada-jangchan

Me quedé sentado junto a ellos mientras el siguiente semáforo volvía a ponerse en rojo y Esteban se levantaba por pura costumbre, no por fuerza.

Iba a salir otra vez al cruce.

Con las tres pelotas en las manos.

Con Wolfy temblando sobre la banqueta.

Como si el mundo no acabara de partirse un poco delante de mí.

Lo detuve del brazo.

“No vas a seguir.”

Esteban se tensó enseguida.

No con rabia.

Con miedo.

Ese miedo seco de quien ya sabe que cuando alguien intenta ayudar, a veces lo primero que hace es separarte de lo único que te queda.

“No me lo quite”, dijo de golpe, bajando la voz. “Por favor. No me quite al perro.”

Ahí estuvo el verdadero centro de todo.

No el semáforo.

No el golpe.

No la venda escondida.

El terror de perder a Wolfy en nombre de una ayuda que sonara razonable para todos menos para él.

Hay personas que viven tan cerca de la pérdida que cualquier mano extendida se parece primero a una amenaza.

Le dije mi nombre otra vez.

Le dije que no quería quitarle nada.

Que solo quería mirar mejor la herida.

Que si seguía así, Wolfy no iba a aguantar mucho más bajo ese calor.

Esteban cerró los ojos un instante y asintió.

Me acerqué despacio.

Wolfy no se apartó.

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