“TUS CÁLCULOS ESTÁN MAL…” DIJO EL POBRE CHICO… EL MILLONARIO SE RÍO… PERO TAMBIÉN QUEDÓ ATONADO. – thuytien

“Los números no mienten”

Roberto Santillán se ajustó la corbata de seda italiana y volvió a mirar la pizarra como si fuera un espejo que siempre reflejara su idea.

Allí estaba: columnas perfectas, flechas nítidas, porcentajes subrayados con rotulador azul.

Había ensayado esa presentación durante una semana.

Y esa mañana, en la sala de juntas del piso 23 de un rascacielos en Santa Fe, estaba listo para cerrar el negocio más importante de su carrera.

—Con esta expansión —dijo, señalando el total— estamos hablando de cincuenta millones de pesos en inversión inicial y una rentabilidad proyectada del diecisiete por ciento.

A su derecha, sus asistentes asentían con sonrisas forzadas.

Frente a él, tres inversores japoneses observaban en silencio, impecablemente vestidos y atentos.

El mayor, el señor Takeshi Yamamoto, llevaba una pequeña libreta y un bolígrafo que hacía girar entre sus dedos.

El más joven, Kenji Sato, lo observaba con atención.

Roberto respiró hondo.

Era el momento de cerrar el trato, de vender el sueño: centros comerciales, complejos residenciales, una marca que se expandía por todo el país.

Su empresa, Grupo Santillán Desarrollos, había comenzado en una pequeña habitación con un escritorio prestado.

Ahora, los números en la pizarra prometían el siguiente gran salto.

Y entonces, una voz infantil, dulce pero firme, rompió el silencio.

—Tus cálculos son erróneos.

El silencio se apoderó del lugar como si una puerta se cerrara de golpe.

Roberto parpadeó, incrédulo.

Se giró lentamente, buscando la broma, la cámara oculta, al empleado imprudente.

Pero no era ninguna broma.

En el umbral de la puerta había un chico de unos doce años.

Tenía el pelo castaño y despeinado, zapatillas desgastadas y una mochila que parecía más grande que él.

Sostenía un cuaderno viejo con las páginas dobladas y un bolígrafo azul mordisqueado.

Los japoneses se miraron entre sí.

Yamamoto murmuró algo en japonés.

Roberto sintió que se le subía el calor a la nuca.

—¿Quién eres? —preguntó, intentando que su voz sonara tranquila, aunque su irritación ya era evidente.

—Me llamo Mateo Hernández, señor —respondió el chico sin bajar la vista—.

Soy hijo de Doña Celia, la señora que limpia aquí. Y… esos números le van a costar mucho dinero.

Roberto soltó una carcajada, más por reflejo que por verdadero humor.

Sus ayudantes también rieron, nerviosamente, como si aplaudieran para ahogar un trueno.

—Mira, chico —dijo Roberto—. ¿Sabes cuánto cuesta una reunión como esta?

Estos señores vinieron desde Japón para evaluar mi proyecto. No tenemos tiempo para… ideas descabelladas.

—No es una coincidencia, señor —insistió Mateo, dando un paso al frente—.

Usted multiplicó 127.000 por 394, pero escribió 50.038.000. Debería ser 50.138.000. Hay una diferencia de cien mil pesos.

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