“TUS CÁLCULOS ESTÁN MAL…” DIJO EL POBRE CHICO. EL MILLONARIO SE RÍO… PERO SE QUEDÓ AMBULADO. – thuytien

Roberto Santana conocía los pasillos del piso 23 como si todo el edificio le perteneciera.
No era solo la altura o las ventanas que mostraban la ciudad como un deslumbrante espectáculo de luces; era la sensación de control.

Cada reunión, cada firma, cada figura que aparecía en una pantalla era una pieza más del imperio que había construido con paciencia, ambición y un traje siempre impecable.

Esa mañana, sin embargo, el nudo de su corbata de seda italiana estaba más apretado de lo habitual.
Tres inversores japoneses estaban a punto de llegar.

Y el proyecto de expansión de Santana Empreendimientos era la mayor apuesta de su carrera: cincuenta millones de reales, una puerta abierta a mercados que, si todo salía bien, lo convertirían en un nombre imposible de ignorar.

Su equipo lo había revisado todo, dijo el director financiero.
Sus asistentes habían impreso carpetas impecables y bien organizadas, con gráficos que se alzaban como cifras prometedoras.

Roberto escribió el resultado final en la pizarra, retrocedió un paso y, rebosante de entusiasmo, se mostró como un hombre de números.

Sí, pero también de imagen: sabía que, para ciertos, la confianza valía casi tanto como la verdad.

Respiró hondo, imaginando el saludo formal, las reverencias contenidas, el apretón de manos que sellaría el futuro.

Y en ese instante, cuando la sala de reuniones parecía a punto de estallar, una voz aguda y juvenil rompió el silencio como una tiza al romperse.

—Tus cálculos son erróneos.

El silencio se cernió sobre el lugar, como si incluso el aire se hubiera puesto a observar.

Roberto se giró lentamente.
Junto a la puerta, donde nadie en su sano juicio debería estar, se encontraba un niño de unos doce años.

Cabello castaño desaliñado, ropa sencilla, un viejo cuaderno apretado contra el pecho y un bolígrafo azul desgastado.

En un lugar donde todo brillaba, el niño parecía un pedazo de la calle que había llegado allí por casualidad.

Los japoneses se miraron entre sí, murmurando en su idioma.

Roberto sintió un calor en la nuca.
¿Cómo había entrado? ¿Quién lo permitiría?

Su orgullo, acostumbrado a no flaquear, se tensó.

—¿Quién eres, chico? —preguntó, intentando que su voz sonara firme.

—Me llamo Mateus, señor.
Soy hijo de Doña Cleusa… ella trabaja aquí limpiando.

El chico no bajó la mirada.

—Y esos números van a hacer perder mucho dinero al señor.

Roberto soltó una risa inesperada, más defensiva que divertida.

Sus ayudantes también rieron, nerviosamente, obedientemente.

Pero los inversores permanecieron serios, atentos.

—¿Saben cuánto cuesta una reunión como esta? —preguntó Roberto.
Vinieron desde Japón solo para esto.

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