Se Burló del Funeral de Sus Padres… Hasta Que Abrieron el Sobre-thuyhien

El hijo llegó al funeral a reírse de sus padres, y nadie en San Jerónimo del Desierto pudo olvidar el sonido de su voz cortando el aire caliente como una navaja mal afilada.

Ricardo Medina apareció en el cementerio con un traje gris de tres piezas, gafas oscuras, reloj suizo y unos zapatos tan caros que desentonaban con la tierra reseca que crujía bajo sus pasos.

Llegó tarde, como si incluso el entierro de sus propios padres tuviera que esperar a que él terminara algo más importante.

No se persignó. No bajó la cabeza.

No miró los ataúdes como un hijo.

Los miró como un hombre disgustado por una mala decoración.

Frente a él descansaban dos cajas de pino sin barnizar, hechas a toda prisa por don Fermín, el carpintero del pueblo.

Don Fermín había trabajado toda la madrugada porque Teresa y Julián Medina habían muerto con apenas dos días de diferencia, y en San Jerónimo nadie tenía dinero para lujos.

Lo que había era respeto.

Y dolor. Mucho dolor.

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Ricardo no traía ninguna de esas dos cosas.

—¿Este es el mejor ataúd que encontraron? —dijo, señalando el de la izquierda con un gesto de asco—.

Parece una caja de frutas.

Nadie respondió.

Las mujeres del pueblo apretaron los labios.

Los hombres bajaron la vista.

Incluso el viento pareció detenerse por un segundo, como si también él quisiera escuchar hasta dónde podía llegar aquella crueldad.

Ricardo dio otro paso, observó las flores cortadas a mano y soltó una risa seca.

—¿Y esto qué es? ¿Flores del camino? Esto parece funeral de perro, no de gente.

Esperanza, que estaba de rodillas junto al ataúd de Teresa, levantó la cara empapada de lágrimas.

Tenía las manos apretadas sobre el rosario de doña Teresa y una rabia temblándole en la garganta.

—Ten un poco de respeto, Ricardo.

Son tus padres.

Pero él ni siquiera se dignó a mirarla.

Sacó el teléfono, revisó la hora y suspiró con fastidio.

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