La madrugada todavía estaba pegada a los techos bajos del mercado cuando Teresa Robles llegó empujando su carrito oxidado por el callejón de servicio.
El frío de enero le mordía los nudillos y la rueda delantera rechinaba como un animal herido cada vez que pasaba sobre una grieta del pavimento.
A sus setenta años, Teresa ya no caminaba: resistía.
Cada paso era una negociación con la espalda, con las rodillas, con esa fatiga vieja que se instalaba en el cuerpo cuando la pobreza se quedaba demasiado tiempo.
Vivía en una casita de madera y lámina junto a las vías del tren, en un barrio olvidado del sur de San Antonio donde los camiones pasaban dejando polvo, ruido y promesas que nunca paraban.
Su marido había muerto quince años atrás, y el único hijo que tuvieron apenas vivió unos meses.
Desde entonces, Teresa había aprendido a hablar poco, a pedir menos y a sobrevivir de lo que encontraba: latas, cartón, botellas, algo de ropa desechada, alguna fruta salvable entre la basura del mercado.
Aquella mañana iba detrás de los puestos de verduras, donde los comerciantes tiraban lo que ya nadie quería comprar.
El aire olía a cebolla húmeda, hojas podridas y melón pasado.
Teresa se inclinó para recoger una caja de cartón medio seca cuando escuchó algo.

No fue un maullido.
Tampoco el chillido de una rata.
Fue un llanto pequeño, quebrado, como si a alguien se le estuviera acabando el aliento.
Teresa se quedó inmóvil. Alzó la cabeza, aguzó el oído y siguió el sonido hasta un contenedor azul detrás de una bodega de productos frescos.
Había bolsas negras abiertas, cajas de tomate reventadas y un charco de jugo de fruta fermentada pegando moscas al suelo.
El llanto volvió a sonar, más débil.
Con manos temblorosas, Teresa apartó unas cajas mojadas.
Entonces lo vio.