Preston llegó a la Gala de Diamantes con su amante del brazo y una sonrisa de superioridad en el rostro…-thuyhien

Llevó a su amante… y descubrió quién era su esposa

La lluvia caía con fuerza sobre Greenwich, Connecticut, como si el cielo quisiera advertirle a alguien que esa noche nada terminaría bien.

Dentro de la casa colonial de los Hawthorne, el aire era incluso más frío que la tormenta.

Preston Hawthorne se observaba en el espejo del recibidor con la devoción de un hombre enamorado de sí mismo.

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Se ajustó la pajarita negra, acomodó el cuello almidonado de su esmoquin hecho a medida y deslizó la mano por la solapa de seda con una satisfacción casi íntima.

Había pagado una fortuna por aquella prenda.

O eso creía él.

Giró el rostro unos grados, evaluando su perfil, la rectitud de su mandíbula, el brillo exacto de su reloj, el ángulo perfecto de su peinado.

Parecía un hombre poderoso.

Parecía un hombre al que nadie se atrevería a cuestionar.

Parecía, sobre todo, un hombre que había construido su vida solo.

—¿Dónde están mis gemelos de ónix? —preguntó con brusquedad, sin molestarse en mirar hacia la cocina.

Un instante después apareció Vivien.

Se secaba las manos con un paño blanco y llevaba un viejo suéter gris, de esos que ya no conservan ni la forma ni el color de los buenos días.

Su cabello oscuro estaba recogido en un moño suelto, y algunas hebras se le escapaban sobre la frente.

No llevaba maquillaje.

No llevaba joyas.

No llevaba nada que le recordara al mundo que aquella casa, aquellos cuadros, aquellas alfombras persas, aquel comedor con lámparas italianas y aquella biblioteca forrada en roble existían, legalmente, por ella.

—Están en la cómoda del pasillo, Preston —respondió con voz baja—. Donde los dejaste anoche.

Él resopló como si aquella respuesta le hubiera costado una ofensa.

Pasó junto a ella con impaciencia, abrió la pequeña caja de terciopelo y tomó los gemelos como si el universo entero lo hubiera traicionado por hacerle caminar tres pasos más.

—No debería tener que buscar nada en mi propia casa —murmuró—. Tienes un trabajo, Vivien. Un trabajo. Mantener esto funcionando mientras yo me encargo de cosas importantes.

Vivien lo observó sin parpadear.

Había aprendido que el silencio a veces era mejor armadura que cualquier grito.

—¿Cosas importantes? —preguntó al cabo de unos segundos—. ¿Es eso lo que harás esta noche?

Preston sonrió, pero fue una sonrisa delgada y cruel.

—La Gala de Diamantes Archdale, por si lo has olvidado, no es una cena de vecinos. Es el evento más exclusivo de Nueva York. Habrá inversores, fondos privados, apellidos que tú ni siquiera sabrías pronunciar. Voy a construir relaciones, a mover capital, a asegurar nuestro futuro.

Hizo una pausa para mirarla de arriba abajo.

No la miró como se mira a una esposa.

La miró como quien examina un defecto doméstico.

—No es tu mundo, Vivien.

Ella apoyó el paño sobre la encimera y preguntó, con una calma que a él le irritó de inmediato:

—¿Y yo no estoy invitada?

Preston soltó una carcajada seca.

—Mírate. ¿En serio crees que podrías estar en una sala con los Archdale, los Winthrop, los Davies, los Remington? Pareces una profesora agotada de una escuela pública. Me avergonzarías antes de llegar al primer plato.

Vivien bajó la mirada solo un segundo.

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