Parte 3: Dos meses después de la boda, volví a encontrarme con Rebeca-yumihong

No fue en una fiesta elegante.

No hubo música de cuerdas, vestidos brillantes ni hombres ricos mirando desde mesas iluminadas.

Fue en un supermercado.

Y quizá por eso dolió más.


Eran las 7:18 p.m. de un jueves lluvioso cuando la vi en la fila de cajas del Mercado San Ángel.

Yo llevaba una sudadera gris, el cabello recogido sin cuidado y una canasta con café, pan integral, tomates y un paquete ridículamente caro de velas aromáticas que no necesitaba pero había comprado igual porque el estudio había cerrado un buen proyecto esa semana.

La lluvia golpeaba los ventanales del local con un sonido suave y constante.

Olía a fruta mojada, pan recién horneado y aire acondicionado demasiado frío.

Rebeca estaba tres cajas más adelante.

Sola.

Sin Miguel.

Sin Jéssica.

Sin el ejército de personas que siempre parecían orbitar alrededor de su nueva vida.

Solo ella, un abrigo beige, el maquillaje corrido apenas bajo los ojos y una botella de vino sostenida contra el pecho como si acabara de recordar que no sabía qué hacer con las manos.

Me vio al mismo tiempo que yo a ella.

Y, por primera vez desde la boda, no intentó sonreír enseguida.


Hubo un segundo extraño.

Ese tipo de segundos donde el cuerpo recuerda una versión vieja del cariño antes que la mente recuerde el daño.

Porque durante años, cuando veía a Rebeca, mi primer impulso había sido acercarme.

Preguntarle cómo estaba.

Salvar algo.


Pero ya no.


Ella fue quien caminó hacia mí.

Sus botas hicieron pequeños sonidos húmedos sobre el piso brillante del supermercado.

Se detuvo a una distancia prudente.

—Hola.

Su voz sonó más pequeña de lo que la recordaba.

—Hola.

Miró mi canasta.

Luego mis manos.

Después volvió a mirarme a la cara, como si todavía estuviera intentando descubrir cuál era la forma correcta de acercarse a mí ahora.

—Te ves bien —dijo.

—Estoy bien.

Asintió despacio.

Y entonces entendí algo incómodo:

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