La Viuda en la Tormenta-thuyhien

La Viuda en la Tormenta

Calder Ashrin no había llegado al pueblo de frontera buscando misericordia.
Había venido por un caballo, algo de sal y suficientes frijoles secos para aguantar el invierno en las montañas.

Nada más.

Quería un caballo fuerte, de buen pulmón, paso seguro y un carácter no mucho peor que el suyo.
Quería cambiar lo poco que le quedaba, girar hacia el norte antes de la gran helada y perderse en un trabajo tan duro que los recuerdos no pudieran seguirle el ritmo.

Pero la frontera se burlaba de los planes.

Su yegua cayó justo a la entrada del pueblo.

Ocurrió tan de repente que Calder apenas alcanzó a sujetar las riendas antes de que el animal se desplomara sobre las rodillas.
El pecho le temblaba con respiraciones húmedas, y las patas se agitaban bajo un cuerpo que había cargado demasiado con muy poco.

Calder se arrodilló junto a ella en el polvo.

“Tranquila, vieja,” murmuró.

Ya era vieja cuando la compró.
Medio hambrienta, terca, con un ojo velado, pero capaz de llevarlo por barro, humo y años de pena.

La había llamado Morrow, aunque nunca respondió al nombre.
Era lo último vivo que todavía parecía pertenecer al tiempo en que su esposa reía.

Y ahora se estaba muriendo frente a un pueblo al que no le importaba.

Algunos hombres del establo miraban desde la sombra del alero.
Uno escupió tabaco al suelo y dijo: “Debiste matarla hace una semana.”

Calder no respondió.

Le acarició el cuello mientras la respiración se iba apagando.
La yegua dio un último estremecimiento y quedó inmóvil bajo su mano.

El silencio que siguió pesó más que cualquier ruido.

Calder permaneció allí un poco más de lo necesario, con la cabeza inclinada y los dedos aún enredados en la crin áspera.
Parecía absurdo que una sola yegua vieja pudiera llevarse tanta parte del dolor de un hombre.

Cuando por fin se puso de pie, el cielo ya había cambiado.

Nubes oscuras avanzaban desde el oeste, tragándose la luz de la tarde.
El aire tenía esa quietud metálica que siempre precedía a una tormenta dura, de las que parten árboles y convierten los caminos en trampas de lodo.

Debió ir directo al establo.
Debió comprar el caballo que pudiera pagar y salir antes de quedar atrapado por el mal tiempo.

En lugar de eso, al girar, la vio.

Estaba de pie al borde de la calle, donde las construcciones se dispersaban y empezaban los matorrales y las huellas de carreta.
Una mujer apache.

Sola.

Todo el pueblo se había dado cuenta de su presencia, pero nadie se acercaba.

Hombres que no temían engañar a una viuda o acuchillar a un borracho en un callejón de pronto encontraban asuntos urgentes en otra parte.
Las mujeres miraban desde las ventanas con curiosidad dura y medio cerraban las contraventanas.

Los niños observaban hasta que sus madres los apartaban.

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