La siguió por unas sobras… y la verdad destrozó su imperio-thuyhien

Héctor Villalobos detuvo la copa de cristal a milímetros de sus labios y por un instante dejó de existir todo lo que lo rodeaba.

El restaurante más exclusivo de San Pedro Garza García seguía brillando a su alrededor con esa perfección pulida que solo el dinero viejo y el dinero feroz saben comprar.

Las copas tintineaban. Los cubiertos de plata chocaban con elegancia.

Sus socios alemanes hablaban de una fusión farmacéutica de cincuenta millones de dólares con la seguridad de hombres que ya saborean una victoria antes de firmarla.

El abogado deslizaba gráficos por la mesa.

Nadie notó el momento exacto en que el cuerpo de Héctor se quedó inmóvil.

Frente a él, a solo tres mesas de distancia, había un fantasma.

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No era una ilusión. No era un parecido.

No era una cara conocida sacada al azar por el cansancio.

Era Nayeli.

La misma Nayeli que cinco años antes había salido de su vida con una maleta barata, una dignidad intacta y unos ojos tan heridos que desde entonces se le aparecían en los peores minutos de insomnio.

La misma mujer que lo amó cuando él todavía no era un apellido citado en revistas financieras.

La enfermera de urgencias que le preparaba café a las tres de la mañana cuando él trabajaba en su primera farmacéutica de juguete, en un despacho diminuto que olía a cables calientes y fracaso inminente.

Pero la mujer que tenía delante ya no se parecía a aquella versión luminosa de su recuerdo.

Llevaba un uniforme médico azul marino descolorido por demasiados lavados.

Sobre el uniforme, un delantal negro del restaurante, manchado de grasa y salsa.

Tenía el cabello recogido de cualquier manera, como quien ya no gasta tiempo en verse al espejo.

Las manos, antes precisas y suaves al cambiar vendajes, estaban atrapadas en unos guantes amarillos agrietados por el cloro.

Se movía con una rapidez nerviosa, casi furtiva, junto a la estación de servicio donde los meseros iban dejando platos sucios.

Héctor tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo.

Nayeli no estaba solo limpiando.

Con movimientos rápidos, medidos, calculados para no ser vista por el gerente, iba raspando restos de comida en pequeñas bolsas transparentes.

Pedazos de salmón casi intactos.

Rebanadas de pan que nadie había tocado.

Cucharadas de risotto. Media porción de verduras asadas.

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