La criada que abrió una caja y destapó el secreto de la mansión-yumihong

Cuando Elena cerró la puerta del estudio con llave y me dijo que si Richard me veía con aquella caja nos destruiría a las dos, yo sentí el impulso más humano del mundo: salir corriendo.

Todavía tenía la carta entre los dedos.

La foto de la mujer rubia —Rebecca— seguía sobre el escritorio de nogal.

Afuera, detrás de los ventanales, el jardín parecía demasiado perfecto para la clase de miedo que acababa de entrar en la habitación.

Elena no se acercó enseguida.

Se quedó junto a la puerta, respirando corto, como si hubiera subido una colina a toda velocidad.

Solo cuando comprobó que nadie venía por el pasillo se movió hacia mí.

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—Dame eso —dijo.

No se lo di.

Por primera vez desde que entré a esa casa, la miré como se mira a una persona y no a un puesto por encima del mío.

—¿Quién es Rebecca?

Elena cerró los ojos un instante.

Cuando los abrió, ya no había rabia.

Solo cansancio.

—La primera esposa de Richard.

—En la casa dijeron que usted es la segunda.

—Lo soy.

Se sentó en la butaca de cuero como si las rodillas ya no le aguantaran el cuerpo.

—También dijeron que Rebecca murió de una sobredosis en una clínica privada en Connecticut.

Eso es lo que sale en Google.

Eso es lo que les contó a los donantes.

Eso es lo que me contó a mí.

Señaló la carta con una mano temblorosa.

—Pero Rebecca no estaba loca.

Y esa sobredosis no fue un accidente.

La frase se quedó suspendida en el estudio, pesada, imposible.

Yo no la conocía. Llevaba menos de dos semanas allí.

No tenía ninguna razón lógica para creerle.

Pero había algo en su voz, en la forma seca en que habló, que no sonaba a dramatismo.

Sonaba a la verdad cuando ya no tiene energía para adornarse.

Le entregué la carta.

Elena la abrió con una delicadeza extraña, como si tocara la mano de una muerta.

La primera página estaba escrita con una letra apretada y elegante.

Ella leyó en silencio unos segundos y luego me la pasó.

Decía:

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