El reloj que controla tu destino y no te deja escapar-giangtran

Era mi cumpleaños, y mis amigos insistieron en sorprenderme con algo especial.

Al abrir la caja, dentro había un reloj antiguo, de esos que parecen tener siglos de historia.

Al principio, me encantó.

Su diseño era elegante, la esfera gastada contaba secretos de otro tiempo, y las manecillas brillaban con una luz que parecía distinta a cualquier reloj moderno.

Pero luego noté algo extraño: el reloj no marcaba la hora correcta.

Avanzaba a un ritmo propio, como si ignorara por completo la realidad que me rodeaba.

Cada vez que lo miraba, sentía que los minutos se estiraban y encogían.

Era una sensación sutil al principio, pero se intensificaba cada vez más.

El tiempo a mi alrededor empezaba a comportarse de manera extraña.

Una taza de café que antes tardaba un instante en enfriarse, permanecía caliente demasiado tiempo.

Las sombras en mi habitación se alargaban de formas imposibles, doblándose y girando como si obedecieran otra lógica.

Los sonidos de la calle llegaban distorsionados, algunas voces se repetían mientras otras desaparecían antes de poder escucharlas del todo.

Esa noche, mientras dormía, desperté de repente a medianoche.

El reloj estaba sobre mi mesita, y sus manecillas giraban al revés.

Un frío recorrió mi cuerpo, penetrando hasta los huesos, mientras escuchaba una voz que susurraba: “Has abierto la puerta…”

Intenté moverme, pero algo invisible me mantenía inmóvil.

La habitación parecía oscilar, como si el tiempo se doblara sobre sí mismo.

Miré alrededor y vi que los objetos familiares parecían transformarse sutilmente, como si estuvieran atrapados en otra dimensión.

Mi respiración era rápida, mis ojos buscaban cualquier salida que pudiera liberarme de aquel hechizo inexplicable.

El reloj emitía un leve zumbido, casi imperceptible, pero suficiente para que mi cabeza girara hacia él sin poder evitarlo.

Cada tic parecía un latido propio, como si el reloj tuviera vida y estuviera consciente de mi miedo.

Intenté gritar, pero mi voz se apagaba antes de llegar a mis labios.

Entonces comprendí que el tiempo ya no me pertenecía.

Que el presente se fragmentaba en pequeños momentos que podían durar segundos o eternidades indistintamente.

Mis manos flotaban sobre la cama, pesadas e inertes, como si obedecieran leyes distintas a las mías.

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