El perrito dejó una piedra embarrada frente al carrito-jangchan

Lo seguí sin cerrar bien el carrito.

Todavía hoy no sé si fue valentía o estupidez. Tal vez las dos cosas. Lo único que sé es que, cuando terminé de leer la nota amarrada a la piedra, ya no pude mirar al perro como al callejerito simpático que venía a “comprar” carne con piedras.

De golpe entendí otra cosa.

Durante semanas no estuvo trayéndome piedras para imitar a los clientes.

Estuvo practicando cómo pedirme ayuda.

El perro avanzaba por la calle mojada cojeando peor de lo que yo había notado desde el puesto. Cada pocos metros se detenía, volteaba a verme y seguía. No corría como animal asustado. Me guiaba. Y eso era lo más inquietante de todo.

No dudaba.

Sabía exactamente adónde iba.

Mientras caminábamos, la operadora seguía en el altavoz pidiéndome que no me acercara solo, que una patrulla ya iba en camino, que esperara en un lugar visible. Yo le di la dirección de la nota y seguí avanzando, porque el perro no iba hacia una avenida principal ni a una casa abierta.

Se metió por un callejón.

Luego por otro.

Y terminó frente a una vecindad vieja, con paredes húmedas y focos pobres, de esas donde las puertas cerradas siempre parecen guardar algo que nadie quiere explicar.

Se detuvo frente a un cuarto del fondo.

Rascó una vez.

No ladró.

No gimió.

Solo me miró y volvió a rascar.

Fue entonces cuando escuché algo dentro.

Un golpe.

Luego otro.

No fuerte.

No desesperado.

Peor.

Cansado.

Como de alguien que ya había gastado casi toda la fuerza que tenía.

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