El llanto que salió del silencio en brazos de su hermano-thuyhien

Durante meses, Gael vivió con una emoción tan grande que apenas le cabía en el pecho.

Tenía siete años, una colección de dinosaurios ordenada por tamaño en la repisa de su cuarto y una imaginación tan poderosa que ya había construido, dentro de su cabeza, la vida entera junto al hermanito que venía en camino.

No hablaba del bebé como si fuera una posibilidad.

Hablaba de él como se habla de alguien amado que tarda en llegar.

Se acercaba a la barriga redonda de su mamá, apoyaba la mejilla con cuidado y empezaba a contarle planes con la seriedad de un adulto y la ternura de un niño que todavía cree que las promesas son capaces de sostener el mundo.

—Mira, enano —le decía—, el tiranosaurio es el más fuerte, pero el triceratops tampoco se deja.

Si tú quieres, te dejo ser el triceratops verde.

Ese es el mejor.

Lucía lo observaba desde la mecedora, con una mano bajo la espalda y la otra sobre el vientre, y sonreía.

Había días en que el embarazo le pesaba tanto que le costaba hasta inclinarse a recoger algo del suelo.

Había mañanas en que el cuerpo se le llenaba de un cansancio terco, húmedo, de esos que no se van ni con agua fría ni con café.

Pero cada vez que veía a Gael hablándole al bebé con aquella solemnidad absurda y hermosa, el malestar se le aflojaba un poco.

Era imposible no dejarse tocar por ese amor que se estaba formando antes incluso del primer llanto.

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Una tarde, mientras ordenaban pañalitos diminutos en un cajón, Gael levantó la vista.

—¿Tú crees que le van a gustar los dinosaurios tanto como a mí?

Lucía dobló una cobijita blanca, lo miró con una ternura casi dolorosa y respondió:

—Le va a gustar todo lo que tú le enseñes.

Y va a tener mucha suerte, porque le tocó el mejor hermano mayor del mundo.

Gael sonrió como si acabaran de entregarle una medalla invisible.

Andrés, el padre, pasaba gran parte del día fuera.

Salía temprano, regresaba tarde y muchas veces llevaba el cansancio metido hasta en la forma de caminar.

Aun así, por más agotado que estuviera, tenía una costumbre sagrada.

Antes de dormir, se acercaba a Lucía, besaba su barriga y le hablaba al bebé en voz baja, como si ya estuviera allí, respirando del otro lado de la piel.

—Te estamos esperando, campeón —murmuraba.

Entonces Gael corría desde donde estuviera, se agachaba junto a su madre y ponía la oreja sobre el vientre.

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