Desde Ahora, Terminamos Todo Juntos-thuyhien

Desde Ahora, Terminamos Todo Juntos

El eco del Winchester de Mason Hayes seguía vibrando en el aire mucho después de que el último caballo saliera disparado hacia el matorral.
El humo flotaba bajo sobre el patio, y la tarde del desierto guardaba ese silencio terrible que solo llega cuando la violencia ya ha terminado de hablar.

Mason estaba junto a la cerca con el rifle aún tibio entre las manos y veía el polvo asentarse alrededor del bebedero.
A sus pies, el agua que había cargado al amanecer ya no estaba limpia.

Una mujer herida había caído junto a ella hacía menos de un minuto.

No había llegado como viajera.
Había llegado como el final de una persecución.

Un momento antes Mason estaba reparando un tramo partido de la cerca del corral, martillo en mano, con la cabeza ocupada solo en la tabla siguiente.
Al siguiente, tres jinetes reventaron por la loma, uno arrastrando otro caballo, todos gritando, uno disparando al aire como si el ruido pudiera obligar al mundo a obedecer.

Mason no pensó intervenir.
Los hombres que viven solos no sobreviven metiéndose entre desconocidos y problemas.

Entonces vio a la mujer atada de lado sobre la silla del jinete de cabeza.

Después de eso, sus manos ya no iban a respetar ninguna retirada.

Disparó una vez para soltar el caballo.
Otra para abrir al segundo jinete hacia fuera.

El tercero, el que giró tarde y fue por el revólver en vez de por las riendas, aprendió lo que costaba tardar demasiado en tierra de Mason Hayes.

Ahora los hombres se habían ido, dos maltrechos rumbo al sur, uno sin arma y con el juicio suficiente para arrastrarse fuera del patio antes de que Mason cambiara de idea.
Y la mujer que habían intentado llevar—o retener—estaba de rodillas junto al bebedero, una mano en la madera, la sangre empapándole la manga al costado.

Mason bajó el rifle.

“¿Estás herida grave?”

Ella levantó la vista.

Eso fue lo primero que lo sorprendió.

No su belleza, aunque tenía esa clase de rostro al que la dureza vuelve más nítido en vez de romperlo.
Ni siquiera la firmeza en los ojos a pesar de la sangre.

Lo que lo sorprendió fue que no dijo gracias.

“No tanto como para morirme,” respondió.

La voz era áspera de sed y polvo, pero tenía hierro.
Él conocía esa clase de fuerza porque una vez también le había salvado la vida.

Mason apoyó el rifle junto al bebedero y se agachó a unos pasos de ella.
No la arrinconó.

“¿Puedes ponerte de pie?”

Ella asintió una vez, lo intentó y casi se dobló.

Él la sostuvo antes de que cayera.

El contacto duró un segundo, pero bastó.
Ya había ido demasiado lejos con dolor, terquedad y esa línea delgada que mantiene a alguien erguido mucho después de que el miedo debería haberlo tirado.

“Puedo estar de pie,” dijo ella entre dientes.

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