El inspector, bien pasado de lanza, le arrebató su canastita de quesos y la aventó al piso enfrente de toda la perrada. Los quesitos frescos salieron rodando por las piedras. La bola de gente nomás se quedaba viendo, pero ningún cabrón metía las manos.
—¿A poco no le andas haciendo a otro bisnes aparte de los quesos, eh? —se la curó uno de los tiras, dándole un aventón.
La doñita se fue de rodillas p’al suelo. El rebozo se le cayó de los hombros. Le bailaban las manos de la temblorina, pero ni de pedo era de culo (miedo). Lo que esta bola de pendejos no topaba, era que le acaban de mentar la madre y humillar a la mera mera madrecita de la Fiscal Regional.
Allá en San Jerónimo del Valle, un pueblito rascuacho bien metido en el monte, todo mundo ubicaba a doña Carmen Morales. Ya le andaba pegando a los 78 añitos, con la espalda ya media dobladita y unas manoplas que cantaban a leguas la chinga de toda una vida.
Desde antes de que cantara el gallo, la doña ya andaba jalándole las ubres a sus dos vaquitas y armando su quesito fresco en una cocinita de lodo que le heredó su jefa.
No andaba forrada de billetes, ni era palancas de nadie, pero la raza la respetaba un chingo.
Cada jueves, agarraba monte pa’l mercado con su canastita tapada con una manta blanca limpiecita. Movía quesito fresco, panela y su buen requesón. Siempre pelando los dientes con una sonrisota, y nunca fallaba con el pilón.
Pero esa mañanita, la vibra en el tianguis olía a pedo. Había redada. Dos patrullitas de las municipales andaban taponeando una de las entradas. Una clica de inspectores del Ayuntamiento andaba de perros esculcando changarros, pidiendo papelitos y permisos.
El nuevo picudo de comercio les había vendido el choro de “meter al pueblo en cintura”, lo que en español significa: cobrarles piso, ensartarles multas sacadas de la manga, y traerlos cortitos a los que se dejaran.
Doña Carmen andaba paseándose pian pianito entre los mercantes, cuando uno de los inspectores le echó el ojo y la señaló.
—A esa doña no la traigo en el radar de los registros.
—Es la ruca de los quesos —le retachó otro.
—Pos ahorita le vamos a sacar la cuenta.
Le cayeron de madrazo, sin decir ni “agua va”.
—A ver, suéteme su permiso de salubridad —le ladró el primero.
Doña Carmen levantó la choya bien relax.
—A’i se lo saco, m’ijo —le contestó mientras le rascaba a su bolsita.
Pero a los weyes les valió madre y no le dieron ni un segundito. El otro inspector le arrancó la canasta de las manos.
—A 20 pesitos el cuartito, joven.
—¿A 20 pesitos? ¿Y a poco sí le pasas su moche de impuestos al gobierno por esto?
La raza ya andaba murmurando y echando chisme. Unos marchantes quisieron hacerle el paro y arrimarse, pero un cuico los paró en seco.
El inspector volteó la canasta patas pa’rriba y los quesos salieron volando por todo el piso. Unos se hicieron pedazos, otros se empanizaron de tierra. La doñita se agachó a querer juntarlos. Y el pinche policía le aventó el empujón.
La ñora azotó de rodillas. El putazo contra las piedras sonó más ojete que cualquier chillido. El rebozo se le resbaló y la greña blanca le quedó brillando con el solazo de mediodía.
—¿Seguro que no mueves otra chingadera además de quesitos? —le soltó la burla uno de los weyes.
Risas de pendejos. Celulares grabando la escena. Y la perrada, calladita, haciéndose pendeja.
Doña Carmen levantó la jeta, despacito. Los ojos no le soltaron ni una gota de agua. Nomás andaba de halcón, guachando y guardándose las caras en el disco duro.
—¿De a cómo es el golpe? (¿Cuánto tengo que pagar?) —les soltó con unos huevos de acero.
El inspector le aventó una sonrisita de asco.
—5,000 varos por andarle jugando al vivo sin papeles.
—Pero si a’i le traigo el papelito —se montó en su macho, estirándole el documento.
El cabrón ni se dignó a leerlo. Lo agarró y lo hizo mierda en dos pedazos.
—Esta madre es papel de baño.
El mercado entero se quedó pendejo del asombro. Una chava se quiso poner al brinco.
—¡Ya bájenle de huevos, la doña siempre jala aquí!
El cuico le cantó el tiro con meterle una multa por andarse de metiche.
Doña Carmen levantó un cachito de queso del piso, se le quedó viendo y jaló aire.
—Cámara, pues —dijo ya pa’ rematar.
—Ni le busques tres pies al gato, vieja —le escupió el inspector—. Póngase a pagar y cierre el hocico.
Lo que ni por asomo se imaginaba esta bola de pendejos, es que a dos horitas de ahí, en la ciudad, una morra andaba echándole ojo a unos papeleos en una oficina de esas que traen su plaquita dorada en la puerta.
La Fiscal Regional del Estado, la licenciada Mariana Morales. 39 añitos, un perro de caza especializado en torcer tranzas y corruptos del gobierno. Llevaba años partiéndole su madre a las mafias de los ayuntamientos de los pueblitos.
Esa mañanita, en lo que andaba echando la poderosa (firmando) en un oficio, le pitó el WhatsApp. Un videito sin letras, nomás el clip.
Le dio play y topó el piso empedrado del tianguis. Guachó la canastita volando. Guachó a su madrecita cayendo de rodillas al piso. La pinche risita burlona del policía le rebotó en todas las paredes del despacho. La pluma se le resbaló de los dedos.
La Fiscal no pegó de gritos, ni se puso a mentar madres al aire. Nomás le volvió a picar play al videito. Se puso a escanear como Terminator: las jetas, los uniformes, las charolas que se asomaban. Fichó el nombrecito que traía bordado el inspector en la chamarrita. Fichó el loguito del municipio en la patrulla.
Guardó la chingadera de video, agarró su teléfono de la oficina y le marcó a un compa de adentro.
—Ocupo que me saques todo el historial del cabrón de comercio de San Jerónimo del Valle —soltó con una pinche frialdad que daba miedo—. Y échame también el del mero mero de la municipal.
Del otro lado del teléfono quisieron andarle preguntando por qué pedo.
—Ni le rasques, tú nomás saca el jale.
De retache en el tianguis, los inspectores cerraron su changarro entre puras burlas y cagadas de risa. A la doña Carmen le aventaron una hojita toda arrugada con su dizque multota, y se abrieron a la verga dejándole el batidero de quesos tirado.
La ruca se quedó hincada sus buenos segundos, agarró viada, se paró, se sacudió la tierrita de las faldas y juntó lo poco que servía. No soltó la de cocodrilo. Una vecina se le arrimó p’a hacerle el paro.
—Vámonos a empapelarlos, doña (a denunciar).
Doña Carmen la volteó a ver con una pinche paz que te cagaba de onda.
—A’i solitos van a ir cayendo —le sentenció.
Esa tardecita ya no movió ni un queso. Se retachó arrastrando las patas p’al cantón. En el caminito, la raza la saludaba con cara de perrito atropellado. Otros se hacían pendejos y le sacaban la vuelta a la mirada. El pinche miedo ya era costumbre vieja en esos ranchos, pero esta vez, el miedo no era el único fantasma que andaba rondando por San Jerónimo.
Allá en la Fiscalía, Mariana Morales ya traía en el monitor toda la radiografía del wey de comercio. Puras quejas que mandaron al archivo muerto, lloriqueos de la raza que se pasaron por los huevos, y un chingo de billetes en sus cuentas que no cuadraban con su sueldito.
El jefe de los puercos también traía su colita que le pisen: expedientes por pasarse de riata con la gente, pero todos cerraditos “porque no hubo pruebas”.
La Fiscal mandó a cerrar el archivo de la compu, le volvió a dar play al videito, le metió zoom, y le sacó bien la placa al perro inspector que aventó a su jefa. Click. Screenshot. Guardadito.
Agarró aire macizo.
Aquí no se iba a portar como la “hijita enojada”. Le iba a caer como la puta Fiscal que era. Y vaya que les iba a caer.
Esa nochecita, en San Jerónimo, el jefazo de comercio andaba de pachanga echando trago en una cantina del rancho.
—¡Pa’ que topen de qué lado masca la iguana! —gritó el wey, levantando el vaso.
El jefe de la policía le asintió.
—No le podemos andar dando vuelo a cualquier pelado a que venda sus chingaderas.
Se soltaron la carcajada.
Los muy cabrones juraban que habían puesto el ejemplo. Se hacían la chaqueta mental de que ya traían al pueblo comiendo de su mano.
Ni por asomo se olían que acababan de echar su propia firmita pa’ que les cayeran los del SAT y la justicia. Ni se maliciaban que la pasadita de lanza con la ruca iba a ser el cerillo que reventara toda la mierda y la tranza que llevaban años armando.
No sabían con quién chingados se habían metido. Ni sabían quién era la cría de la señora.
Y mientras en el pueblito todos andaban roncando a toda madre… allá en la ciudadona, la Fiscal Regional ya le andaba dando a las teclas del oficio que les iba a meter una cojida histórica a toda esa delegación pedorra.
Porque a’i raza que jura que pasarse de verga con los más jodidos es ser muy chingón, pero a veces… nomás se equivocan de puerta y le patean la jaula al león.
En el cuartel de la Fiscalía Regional, la pantalla seguía echándole luz a la cara de Mariana Morales. El videito ya iba por la tercera vuelta. Y no lo andaba guachando con el corazón apachurrado de hija… le andaba metiendo lupa como pinche investigadora. Cada puto segundito era oro puro, cada mueca era un cachito del rompecabezas.
Le metió el zoom a todo lo que daba, topó la calcomanía de la patrulla, le apuntó el numerito del carro que traía en la puerta, y el nombrecito que el inspector pendejo traía bordado en el pecho, el mismito que le hizo confeti el papel a su jefa. Fue guardando cada foto comprometedora en una carpetita nueva, con un nombre acá bien soso y oficinista:
Posible cartel de cobro de piso administrativo – San Jerónimo.
Nomás cerró la chingadera de archivo cuando ya se armó de huevos de que no se iba a calentar a lo pendejo, sino que les iba a abrir un puto caso por las de la ley.
Agarró la línea directa y le pegó el grito al mero mero de la unidad de lavado de dinero y patrimonios.
En cuanto el vato pisó la oficina, Mariana ni le alzó la voz ni le anduvo echando choros mareadores.
—Ocupo que le den una rasurada completita al Ayuntamiento de San Jerónimo del Valle. Al wey de comercio, al jefe de los municipales y a toda la bola de gatos que andan de inspectores.
Pélame sus cuentas de banco, las casitas nuevas que se hayan mercadito, y todas las lloradas que la raza haya metido en su contra en los últimos cinco añotes y que estos culeros mandaron al archivo muerto.

El vato captó en corto que esta madre no era un “chequeíto de rutina”, le asintió sin andarle rascando los huevos al tigre, y se peló con su libretita bajo el brazo.
Mariana le dio al play al videito otra puta vez, nomás que sin el audio. Le puso pausa en la mera toma donde su madrecita se va de rodillas al piso. Las manos se le pusieron tiesas por un segundito, pero la jeta ni se le arrugó. Aventó el cel al cajón.
Todavía no le iba a echar el fonazo a su jefa. Topaba que si escuchaba su voz, se le iba a aflojar la guardia, y ahorita ocupaba tener la cabeza más fría que nalga de pingüino pa’ que el jale saliera limpio.
Mientras, allá en San Jerónimo del Valle, el cabrón de comercio amaneció con la cruda de la fiesta y sintiéndose el rey del mundo. El desmadrito de ayer en el mercado andaba de boca en boca en el kiosco; la raza andaba ciscada de que “ahora sí los traían cortitos”.
Unos cuantos marchantes ya andaban buscando por debajito del agua a quién había que soltarle el moche pa’ que no se las hicieran de a pedo. Esa era la mera tirada que andaban buscando: meter terror pa’ sacar billete.
El jefe de los cuicos andaba echándole ojo a unos reportes en su guarida, cuando le cae un gatillo a chismearle que andaba rolando un video en el Face y en el Whats.
El wey lo abrió con una hueva, pero se le frunció el asterisco en cuanto guachó que era la escenita del mercado.
—¿Qué hijo de su pinche madre subió esta chingadera? —ladró, ya bien enchilado.
—Ni puta idea, mi jefe. Pero ya anda corriendo como lumbre en pasto seco.
El cuico frunció el ceño.
—Túmbenme esa mamada. Pícale las costillas al wey que maneja el grupito del pueblo en Face y que lo borre.
Los pendejos juraban que estaban apagando un cerillo en su rancho, queriendo cuidar su pinche imagencita local, sin maliciarse que el videito ya andaba bien guardadito en los discos duros de las grandes ligas, donde su poder de pueblito valía tres hectáreas de verga.
En la matriz de la fiscalía, el escuadrón de los dineros le andaba tupiendo en chinga.
La primer rasurada sacó a flote las marranadas: ranchitos y terrenotes comprados por los primos y tíos del de comercio apenitas en los últimos 3 años; billetazos partidos en cachitos cayendo en las cuentas del cuñado del jefe de la poli; y contratos del municipio regaladitos, sin concursar ni madres, a empresas fantasma que eran de los compadres de los inspectores.
Ninguna jalada andaba suelta. Todo era un pinche rompecabezas de “casualidades” que te cantaban a leguas que ahí había mafia.
A Mariana le botaron el primer corte de caja antes de que pegara el mediodía. Se lo mamó leyendo línea por línea.
—Váyanse con el juez a pedir el papelito p’a picarles los teléfonos y los correos de la oficina —ordenó, tajante.
El wey de lo legal peló unos ojotes de que “ah cabrón, a qué hora metimos quinta velocidad”.
—¿A poco con esto ya la armamos, jefa? —le preguntó, sacado de onda.
Mariana le aventó unas fotitos impresas del video en la mesa, pegaditas a los reportes del varo de los weyes.
—Con esta madre les sobra y les basta.
Y el monstruo legal empezó a rodar sin hacer ni un pinche ruido.
Por otro lado, la doña Carmen andaba dándole su buena tallada a la cocinita de lodo, como cualquier otro puto día. Ya se había repuesto armando unos quesitos nuevos pa’ reemplazar los que le hicieron mierda, y los traía reposando en sus moldecitos.
Ni andaba de llorona ni haciendo panchos del show de ayer. Cuando una comadre le tiró la onda de que si iba a empapelar a los culeros (denunciar), le contestó la misma frase mamadora del día anterior:
—A’i solitos se los va a cargar la chingada. (Todo cae por su propio peso).
En ningún momento charoleó con que su hija era la Fiscal. Ni le hacía falta a la doña.
Esa mismita tardecita, le cayeron dos agentes encubiertos al rancho, haciéndole a la mamada de que querían abrir un negocito. Le fueron a picar las costillas a los del ayuntamiento preguntando por los papelitos y permisos.
Y la mordida botó solita.
—Oiga, si le urge que salga en chinga, aquí le podemos tirar esquina por la libre —les cantó el achichincle del mostrador, haciéndoles un guiño y apuntando a una libretita pichurrienta que ni de pedo era oficial.
El agente se la llevó de a muertito y le dejó la grabadora prendida tragándose todo el chisme.
Al mismo tiempo, otro escuadrón andaba exprimiéndole la sopa a mercantes viejos que habían aflojado billete de multas inventadas, sin que les dieran ni un puto recibo. Unos cantaban el tiro todos cagados de miedo; otros soltaban la sopa sintiendo que por fin les caía un paro del cielo. Las piececitas del rompecabezas ya andaban armando la foto completita.
En la cueva de la policía del municipio, al jefe ya le andaban temblando las patitas. Los fonazos del de comercio caían uno tras otro.
—Güey, ocupamos enfriar la plaza —le lloraba uno.
—Es nomás un pinche videito pendejo —se intentaba pajear mentalmente el otro.
Pero esa perra noche, ¡tómala!, les cae un mail oficialazo en la bandeja del Ayuntamiento.
Un pinche citatorio con todas las de la ley de la Fiscalía Regional, exigiéndoles que aflojaran todo el papeleo de la lana que le habían sacado al mercado en puras multas en los ultimitos 5 años.
Al de comercio se le fue la sangre al piso en cuanto lo leyó.
—La pinche Fiscalía Regional… —susurró, sintiendo que le metían un hielo por la espalda.
El jefe de la tira se quiso hacer el machín.

—Nomas es papeleo de rutina, wey. Seguro algún ardido metió su queja.
Pero acá entre nos, ya se la olía que no eran chingaderas de casualidad. El oficiosote venía con fecha de caducidad a la de a huevo, y con la amedrentada de que les iban a caer a hacerles auditoría en vivo y a todo color.
Allá en la urbe, Mariana andaba de halcón guachando cómo avanzaba el operativo desde su silla. Todavía no le tiraba el chisme a su jefa. Quería traer los pelos de la burra en la mano y algo chido qué enseñarle antes de andarle haciendo llamadas familiares.
En la nochecita, le cayeron con los audios de la intervención. Las llamaditas del de comercio escupían pura cajeta:
“Esa ruca ya le bajó de huevos. Mañana le caemos a los de las frutas. Y a’i lo que le rasquemos, va mitades.”
Lo chingones y alzados que se sentían en los audios chocaba machín con lo empinados que andaban legalmente. Mariana cerró la compu con cara de “ya valieron verga”.
—Ármenme una orden pa’ caerles a catearles los changarros, junto con los chavos de auditoría del estado —dio el pitazo.
Allá en San Jerónimo, el chisme de que la Fiscalía les andaba pisando los talones se empezó a colar por los pasillos de los oficinistas.
El mitote corrió como pedo entre la raza. Unos cuantos gatos de abajo se agarraron borrando archivos de las compus en chinga. Otros quisieron maquillar los libros de contabilidad a la brava; pero, pa’ su mala leche, la orden de que “ni le muevan a ni una mosca” ya les había caído oficialmente. Si le metían un dedo extra, era otro delito pa’l tambo.
Doña Carmen, con cara de que la Virgen le hablaba y valiéndole madres el huracán de los papeles, se andaba amarrando bien su rebozo pa’ dejarse caer otra vez al mercado a la mañana siguiente. Unas comadres quisieron irle haciendo bolita pa’ que no le hicieran nada. Ella nomás les peló el diente bien relax y les aceptó el paro. La doña no andaba caminando con culo; andaba caminando bien fajada de dignidad.
Mientras, en el cuartel de la ley, Mariana aventaba el último garabato en el papel que le daba luz verde a todo el puto operativo. Cero berrinches en la jeta; pura perra convicción.
—Le caemos mañana a las 9 en puntito —le sentenció a su flotilla—. Y cero pinches soplones.
En la sala no volaba ni el polvo del silencio que se armó. Toda la banda topaba que esa madre no era nomás andar rascando libretas de banco; era darle un pinche manotazo en el escritorio al pueblo. La ley no era de a ratos, era una chingadera pareja que les iba a caer encima, aunque la tranza pareciera de a tres pesos.
A la mera medianoche, el güey de comercio andaba aferrado al celular, queriéndole llorar a un padrino político allá en la capital pa’ que les parara el pedo de la revisión. El wey lo mandó al buzón. Las palancas andaban “fuera de servicio”.
En la perrera municipal, el jefe de los polis andaba sacándole brillo a su fusca de cargo, pero las manoplas ya le bailaban un chingo, nada que ver con lo salsita que andaba el día que maduraron a la doña.
—Es puro pinche papeleo —se repetía el wey, pero hasta a él le sonaba a puro cuento chino.
Y el sol salió sobre San Jerónimo del Valle, con una calma que apestaba a que ya venía la voladora.
A las 8:57 de la mañanita, tres pinches camionetones oficiales de la Fiscalía Regional se metieron al rancho a la sorda, sin hacer mosca con las sirenas. Venían en bola con los batos de la auditoría estatal y los mirones de control interno.
A las 9:00 en clavado, patearon la puerta del Ayuntamiento con todo el armatoste de papeles por delante.
El picudo de comercio quiso hacerse el chistosito pa’ recibirlos.
—¿Y este pinche milagro? ¿A qué le debemos el honor? —le tiró con una sonrisa más forzada que unos zapatos chicos.
El agente chido nomás le estiró la hojita sellada.
—Le venimos a echar ojo a unas tranzitas administrativas y a uno que otro chistecito de extorsión (cobro de piso).
Al mismo segundito, al jefe de la policía le cayó la voladora allá en su oficina. El wey quiso pararse bien derecho, pero el mundo se le vino abajo cuando guachó las letrotas oficiales del papelito y el garabato de la Fiscal Regional.
Ajuera, en el mercadito, doña Carmen andaba dándole su buena acomodada a sus quesitos frescos en su mesita. De reojo, guachaba a la banda que andaba de mirona viendo el desmadre de camionetas ajuera de la presidencia. Nomás levantó la choya un segundito p’a ver el show, como con esa vibra de que “se los cargó la riata solitos”.
Y allá en su guarida de la ciudad, Mariana Morales agarró el mensajito de que el circo ya había arrancado. Ni se rió. Nomás cerró los ojales un pinche segundo. Se tragó una buena bocanada de aire, jaló otro pinche caso de su montaña de expedientes y a lo que sigue. Porque, a huevo, esto no era revanchismo callejero; era la puta ley chambeando.
Y el teatrito apenitas empezaba a rascar la costra de toda la mierda que estos cabrones llevaban años tapando a puro pinche calambre y terror.
El cateo adentro de la Presidencia Municipal se arrancó como maquinita de reloj desde el primer puto segundo. Los vatos de la auditoría se regaron por los cuartos claves, apañando computadoras, poniéndole candados a los libreros de archivos y exigiéndoles las contraseñas de la contabilidad a la de a huevo.
El de comercio andaba queriendo pararse el cuello y hacerse el digno, pero le bailaba machín la mano a la hora de aventar el garabato de “recibido” en la orden de cateo. El pánico ya se le notaba a leguas.

El jefe de los cuicos, que ya andaba enterado, salió de su cueva caminando acá, haciéndose el machín, p’a topar a los de la Fiscalía Regional en la sala grande.
—¿Me pueden cantar derecho por qué chingados andan haciendo este desmadre? —le tiró el wey, queriendo sacar la voz gruesa.
El agente chido ni le puso saliva al asunto.
—Se la canto: por andarle jugando al extorsionador con la raza, por pasarse de verga con la placa (abuso de autoridad) y por chingarse la lana del pueblo.
La palabrita “extorsión” cayó como plomo en la sala. Varios de los oficinistas y gatos del municipio empezaron a pelar los ojos y a cruzarse miradas cagados de miedo. A’i les cayó el veinte de que las famosas “cuotas” de las cocas que andaban cobrando, ya andaban en la mira grande.
Mientras tanto, allá en el tianguis el jale seguía, pero con una vibra bien pesada. La doña Carmen seguía acomodando sus quesitos con la misma cara de paz, aunque sí topaba que todos los demás marchantes andaban con el ojo clavado en el palacio municipal, bien calientes esperando el chisme. El puto rumor del cateo ya andaba zumbando de boca en boca.
—Le cayeron los picudos de la capital —murmuraba un wey.
—Me cantan que es un pedotote —le hacía segunda otro.
La ñora ni se metía a preguntar, ella nomás a lo suyo: a vender, cobrar lo que es, y soltarles su pilón a los marchantes.
En el Ayuntamiento, como si fuera jueves de tianguis, los de informática de la fiscalía se la pasaron clonando discos duros p’a que no se les hicieran de agua las pruebas.
La primer rascadita escupió chingaderas: libretitas de Excel (hojas de cálculo) escondidas que nunca reportaron; listitas con los nombres de los marchantes y cuanta feria habían aflojado, pero ¡oh sorpresa!, esa lana no aparecía por ningún lado en las cuentas del municipio.
El wey de comercio quiso armar su teatrito de que “nomás eran apuntes a lo pendejo, borradores”, pero sin un puto recibo que lo tirara esquina, su choro valía tres cuartos de verga.
Uno de los chavos auditores le botó el seguro a un cajón y se halló una libretita de a deveras, de papel. Ahí venían letritas iniciales apuntadas, un ladito de puros números y notitas bien mamonas: “Este wey ya aflojó”, “A este le damos una calentadita”, y “A esta le dimos su escarmiento”.
Esa última frase le prendió el foco al agente chido. Luego luego se acordó del videito viral donde andaban empinando y pendejeando a una doñita enfrente de todos.