Flashback: el embarazo y la cuarentena recomendada
Durante el embarazo, mi esposo había insistido en que me trasladara a la casa de su padre para la cuarentena.
—Será más fácil —decía—. Además, estarás bajo cuidado familiar.
Al principio me negué. La relación con mi suegro siempre había sido tensa, marcada por silencios largos y miradas severas.
—Solo será por unas semanas —prometió—. Lo importante es que descanses y tengas todo a mano para el bebé.
Pensé que podía soportarlo. Nunca imaginé que cada noche se convertiría en una prueba de supervivencia psicológica.
Los primeros indicios de peligro
Una tarde, mientras preparaba la comida del bebé, escuché el chirrido de la puerta del piso superior.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Quién anda ahí? —pregunté, aunque sabía que nadie respondería.
El silencio respondió, pesado y expectante.
Mis instintos me gritaban que algo no estaba bien.
Recordé las historias que había escuchado sobre la antigua casa de mi suegro: murmullos de vecinos, crujidos extraños, ruidos nocturnos que parecían movimientos humanos.
—No puedo quedarme —me repetí—. Tengo que protegernos a los dos.
El miedo nocturno se intensifica
Cada noche los pasos regresaban. Más cercanos, más deliberados. Me despertaban con un sobresalto y el corazón acelerado.
Comencé a dormir con un teléfono cargado en la mano, una manta alrededor y el bebé pegado a mi pecho.
—Si pasa algo, debemos correr —me susurré—. Mamá te va a proteger.
Uno de los días más críticos fue cuando escuché los pasos justo frente a la puerta de mi habitación.
El bebé dormía profundamente en mis brazos y yo no podía imaginar qué pasaría si alguien entraba.
Con cuidado, me levanté y me deslicé hacia la ventana de emergencia.

La luz de la luna iluminaba el jardín, pero no había nadie. Solo el viento moviendo las hojas y un gato callejero cruzando la cerca.
—Esto no es normal —me dije—. Debo huir antes de que sea demasiado tarde.
Plan de escape y paranoia
Durante los días siguientes, cada salida de la casa, cada ventana y cada puerta se convirtieron en posibles rutas de escape.
Revisé cada pasillo, cada habitación, cada rincón donde alguien pudiera esconderse.
Mi ansiedad crecía con cada noche. Mi mente imaginaba lo peor: intrusos, amenazas, secretos que desconocía.
Llamé a mi esposo, quien estaba a cientos de kilómetros de distancia.
—Amor, todo está bien —dijo—. Solo descansa, pronto volveré.
Pero sus palabras no aliviaban mi miedo. Cada noche, los pasos en la escalera me recordaban que algo estaba mal.
La noche decisiva
Una madrugada, mientras el reloj marcaba las tres, escuché los pasos más claros que nunca. Parecían acercarse lentamente a mi puerta, deliberadamente, con un ritmo que me helaba la sangre.
Tomé al bebé en brazos, respirando con fuerza. Cada músculo estaba alerta.
—Ahora o nunca —susurré.
Abrí la ventana de emergencia y me asomé al jardín. Todo estaba en silencio, excepto el viento.