Esa mañana, cuando él le pidió dinero para comprar más, Doña Estela se rió.
—No necesitas medicamentos. Necesitas disciplina.
Mariana se tumbó mirando al techo. Y la promesa que su padre le había arrebatado antes de morir regresó, como un eco:
—No firmes el terreno. Nunca lo firmes.
Ella lo prometió… y luego se casó y dejó que Efraín “se encargara de todo”, porque parecía más fácil confiar en él.
«Qué tonta soy», pensó, pero no se permitió llorar demasiado. En esa casa, las lágrimas también se castigan.
Unos días después, Doña Estela la envió al pueblo a comprar pan.
Mariana casi se echó a reír: nunca le habían dado dinero. Esta vez, puso unos cuantos billetes contados en su mano y le advirtió:
—No tardes.

Pasear por el pueblo era extraño. La gente pasaba sin percatarse de su presencia. Mariana vio su reflejo en el escaparate de una tienda: pómulos marcados, piel bronceada, ojos cansados. Parecía una versión de sí misma que había perdido la voz.
Compró el pan y los vio cuando se marchaba.
Efraín estaba al otro lado de la calle con Karla, la chica que trabajaba en la papelería. Demasiado cerca. La mano estaba en su cintura, como si ella le perteneciera. Karla se aferraba a su hombro, riendo con esa seguridad genuina que no se puede fingir.
Mariana se escondió tras un coche aparcado, aferrándose al pan. Observó cómo Efraín le apartaba un mechón de pelo de la oreja a Karla y la besaba. No fue un beso rápido. No fue un beso accidental. Fue un beso cómodo, de esos de siempre.
El mundo de Mariana se derrumbó. Dejó caer el pan al suelo.
Lo recogió con manos temblorosas y regresó caminando como un fantasma.
Esa noche, nada más entrar, Efraín dijo:
—Te tomaste tu tiempo.
Mariana puso el pan sobre la mesa. Esta vez no asintió.
-Te vi.
Doña Estela levantó la vista, molesta.
—¿Ya volviste a tus cosas?
—En el pueblo. Con Karla. La besaste.
Efraín arqueó una ceja. Por un segundo, algo cruzó su rostro… y luego se echó a reír.
—Te lo estás imaginando.
-No.
Efraín se recostó en su silla, cómodo en su crueldad.
—Trabajas tanto que ya estás viendo cosas.
Doña Estela chasqueó la lengua.
—La ociosidad daña la mente.
Mariana miró a su suegra con incredulidad.
—¿Me estás llamando mentiroso?
—Te estoy llamando desagradecida —respondió Estela—. Siempre poniendo excusas.
Efraín se levantó.
—Mañana irás al campo grande, sola. Así que deja de ser tan… presumida.
Mariana sintió que se le secaba la boca.
—Eso es demasiado.
Efraín se acercó, muy cerca.
—Entonces deja de mentir.
Esa noche Mariana no durmió. Se quedó despierta escuchando la casa. Los pasos. Las puertas. La respiración tranquila de los demás, mientras ella se desmoronaba por dentro.
Y entonces, una vez más, la voz firme de su padre le habló desde la memoria:
—No dejes que nadie te quite lo que es tuyo.
Antes del amanecer, Mariana se levantó, se envolvió la cabeza con su chal y salió al campo. No por obediencia. Sino por convicción. Para sobrevivir.
Trabajaba con el cuerpo cansado y la mente alerta, como si cada golpe de la azada fuera una pregunta: ¿qué quieren de mí?
Al mediodía, oyó que se acercaba una camioneta. Miró por la ventana y vio a un hombre desconocido bajarse, con botas limpias y gafas oscuras. Efraín lo saludó en el pasillo. Hablaron en voz baja… pero no lo suficiente.
—Te dije que te lo iba a dar —gruñó Efraín—. Solo necesito tiempo.
—El tiempo es precioso, amigo mío —respondió el hombre—. ¿Y qué hay de las mujeres?
Obligó a su pobre esposa embarazada a trabajar en el campo bajo el sol abrasador – thuytien
Read More