La puerta de la cocina se abrió y Marina entró con una cesta de fruta. Se quedó paralizada al verla: Doña Marta con el brazo dolorido, Bárbara demasiado cerca, con la expresión cambiando al instante. «¡Qué susto!», pensó Marina. Bárbara rió, llevándose la mano al pecho como si estuviera fingiendo. «Estaba ayudando a mamá a ponerse la pulsera».
Marina vio las marcas en su brazo, el miedo en los ojos de Doña Marta, cómo se encogía como si esperara un ataque. —Doña Marta, si alguien te está haciendo daño… —comenzó Marina, tomándole suavemente la mano.
—¡No! —gritó Doña Marta, más fuerte de lo que pretendía—. Por favor, no le digas nada a Rafael. Te lo ruego.
Marina lloraba junto a ella, abrazándola con ternura. «Te prometo que no diré nada que no quieras que diga. Pero te cuidaré y te protegeré, aunque no me dejes contárselo a Rafael».
Doña Marta lloraba en aquel abrazo, aferrándose a Marina como a un salvavidas en un mar embravecido, rezando en silencio: «Señor, sé que no abandonas a tus hijos. Por favor, abre los ojos de Rafael. Protégeme de este mal. En ti confío».
Esa noche, cuando Rafael regresó de Monterrey, se encontró con una escena aparentemente perfecta: Bárbara y Doña Marta cenando juntas, conversando amistosamente. No vio las marcas en el brazo de su madre, ni notó que apenas tocaba la comida, ni el terror apenas disimulado que aparecía cada vez que Bárbara se acercaba.
—¿Qué tal tu día? —preguntó Rafael, besando la frente de su madre.
—¡Maravilloso, mi amor! —respondió Barbara de inmediato—. Tu madre y yo nos divertimos mucho, ¿verdad, mamá?
Doña Marta forzó una sonrisa que no le llegaba a los ojos. «Sí, hijo, fue un día inolvidable», mintió, y lo fue, pero no por las razones que Rafael imaginaba: inolvidable por el terror, el dolor y la creciente sensación de estar atrapada en una trampa de la que no podía escapar.
Pasaron los días y la situación no hizo más que empeorar. Bárbara se volvió más audaz y cruel. Una semana antes de la boda, la tensión en la mansión era casi palpable. Doña Marta había adelgazado; sus ojos hundidos revelaban noches de insomnio y sus manos temblaban constantemente. Marina pasaba el mayor tiempo posible a su lado, aunque sin comprender del todo lo que sucedía; solo sabía que debía protegerla.
—¡Alto! —El grito de Rafael resonó por toda la mansión con una fuerza que hizo temblar las paredes. Bárbara se quedó paralizada, con el pie aún en alto. Lentamente giró la cabeza y, al ver a Rafael de pie en la entrada del vestíbulo, sus ojos se abrieron de terror. No era miedo a ser descubierta, sino el terror de ver en los ojos de Rafael algo que jamás había visto.
Furia justificada, profunda decepción y algo peor: un asco absoluto. Rafael cruzó el pasillo a zancadas largas y rápidas, sin mirar a Bárbara. Sus ojos estaban fijos únicamente en su madre, tendida en el suelo, sangrando y llorando. Se arrodilló junto a ella con una ternura que contrastaba fuertemente con la rabia que bullía en su interior.
“¡Mamá, Dios mío! ¿Qué te hizo?” Su voz temblaba mientras tocaba con cuidado el rostro herido de su madre, revisando los moretones y la sangre.
—¡Rafael! —intentó decir Bárbara con voz aguda y desesperada—. Rafael, puedo explicarlo… se cayó, yo solo intentaba ayudarla…
Rafael giró lentamente la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Bárbara. Retrocedió un paso al ver lo que allí estaba. Ya no quedaba amor, ni confianza. Solo una pregunta silenciosa y terrible: ¿Quién eres en realidad?
La rica novia es sorprendida golpeando a la pobre anciana madre, pero el millonario hace algo inesperado… – thuytien
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