Pero lo peor no era la infidelidad física que ella sospechaba; lo peor era la infidelidad emocional que ahora era evidente.
Benjamin había encontrado a alguien a quien consideraba digno de su estatus, y Ruby se había convertido en un error del pasado que aún vivía en su casa. La gala benéfica de esta noche era el evento social del año en Cancún. Allí estarían todos los empresarios importantes: todos los contactos que Benjamin necesitaba para su nuevo proyecto de expansión hotelera.
Durante semanas había hablado con entusiasmo del evento, repasando la lista de invitados, planeando a qué inversores contactar y qué acuerdos cerrar. Lo que nunca mencionó fue si llevaría a Ruby.

Esa mañana, mientras desayunaban en el balcón con vistas a la laguna, Ruby finalmente preguntó: “¿A qué hora salimos para la gala de esta noche?”. Benjamin ni siquiera levantó la vista de su tableta. “Voy adelantado”.
Necesito coordinar algunos detalles con el equipo de relaciones públicas. ¿Quieres que vaya sola entonces? Silencio. Un silencio tan denso que parecía solidificarse en el aire húmedo de la mañana. Ruby, este es un evento de negocios muy importante.
Necesito estar concentrado. Puedes irte si quieres, pero no puedo estar ocupado presentándote a todo el mundo ni asegurándome de que no arruines tu preciada reputación.
Las palabras le salieron más duras de lo que pretendía, pero ya había tenido suficiente. Cinco años sintiéndose insignificante, andando con pies de plomo, sintiéndose como una intrusa en su propia vida. Benjamin finalmente la miró, y en sus ojos, Ruby vio algo peor que ira. Vio indiferencia. «No seas tan dramática».
Si quieres ir, adelante, pero yo voy primero. Eso es todo. Y ahí terminó todo. No hubo discusión, ni pelea, solo la fría confirmación de que Ruby ya no importaba lo suficiente como para discutir sobre ella.
Benjamin se marchó a las seis de la tarde, duchado y perfumado, con un traje que Ruby jamás había visto. Ni siquiera se despidió. Simplemente cerró la puerta del ático y desapareció en su nueva vida.
La vida, donde Ingrid Eklund ocupaba el lugar que Ruby alguna vez tuvo. Ruby estaba de pie en medio de la habitación, rodeada de un lujo vacío, con las lágrimas finalmente desbordándose. Lloraba por la chica ingenua que creía en cuentos de hadas. Lloraba por los cinco años que había desperdiciado intentando convertirse en alguien a quien Benjamin pudiera amar.
Lloró por su madre, que siempre había tenido razón. Lloró por todas las versiones de sí misma que había aniquilado para complacer a un hombre que jamás la consideró su igual.
Pero tras las lágrimas llegó algo distinto, algo peligroso y liberador. Al mismo tiempo, llegó la rabia. La rabia que Ruby sintió aquella tarde no era el tipo de emoción explosiva que termina en platos rotos y gritos.
Era algo más frío, más calculado, más definitivo. Era la rabia de una mujer que por fin comprende que la han tratado como basura y que ya no está dispuesta a tolerarlo.
Se sirvió una copa de vino espumoso, se paró frente a la ventana con vistas a la laguna de Nichupté, que resplandecía con la puesta de sol, y tomó una decisión.
Ella iría a esa gala, iría sola, iría deslumbrante, y les demostraría a Benjamin Soler y a su amante europeo que la chica de Playa del Carmen, a quien tanto despreciaban, tenía más dignidad en un solo dedo que la que tenían ellos dos juntos en todo su ser.
Pero primero, necesitaba información; necesitaba saber qué estaba pasando realmente.
Necesitaba confirmar sus peores sospechas. Tomó su teléfono y marcó el número de la única persona en la que podía confiar, su prima Lucía, que trabajaba como coordinadora de eventos en el hotel donde se celebraría la gala, el exclusivo Moon Palace en la zona hotelera.
Avergonzado de su esposa latina, fue al baile con su amante rubia, pero su esposa llegó luciendo radiante. – quetran
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