Me hice peón para hallar amor y hallé la traición de mi sangre-yumihong

Nora abrió el sobre allí mismo, delante de todos.

El papel estaba amarillento en las esquinas y tenía la letra de mi padre, esa escritura inclinada que yo habría reconocido hasta con los ojos cerrados.

Alejandro: si esta carta te llega por manos de Julián Reyes o de su hija, no permitas que Mateo vuelva a tocar una sola cuenta del rancho.

Audita cada pago hecho por Ramiro.

Si a mí me pasa algo antes de entregarte esto, no vayas con el sheriff del condado.

Ve con los Rangers. Julián tiene copias de todo.

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Sentí el cuerpo hueco.

No porque sospechara de Ramiro.

Eso ya lo sabía. Sino porque mi padre había escrito el nombre de mi hermano.

Mateo dio un paso hacia la mesa.

Yo fui más rápido.

Le agarré la muñeca antes de que tocara la carta.

Por primera vez en semanas dejé de ser Manuel y hablé con mi voz real.

—Ni un paso más.

El cobertizo entero quedó inmóvil.

Nora me miró apenas un segundo, como si llevara días esperando que yo dejara de esconderme.

Ramiro parpadeó dos veces. Carmen no abrió la boca, pero vi en su cara el instante exacto en que entendió quién era yo.

No hubo sorpresa limpia.

Hubo traición.

—¿Alejandro? —murmuró uno de los muchachos de riego.

—Sí —dije sin apartar los ojos de Mateo—.

Y nadie sale de aquí.

Ramiro reaccionó primero. Metió la mano al cinturón, donde guardaba la navaja con la que cortaba mecates y, cuando le convenía, asustaba gente.

Dos trabajadores se interpusieron antes de que pudiera sacarla.

No lo hicieron por mí.

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