Llamé para despedirla y terminé viendo el precio real de mi indiferencia-thuyhien

La ambulancia llegó siete minutos después de que entré al apartamento de Camila, aunque a mí me parecieron siete años.

Cuando los paramédicos subieron por la escalera estrecha de aquel edificio en Little Havana, yo seguía arrodillado junto al colchón, con el sobre amarillo abierto a mi lado y Mateo agarrado a la parte trasera de mi camisa como si temiera que yo también desapareciera.

Uno de los paramédicos me apartó con firmeza.

La otra se agachó junto a Camila, le revisó el pulso, abrió su maletín y empezó a dar órdenes cortas que sonaban como golpes en el aire.

—Presión muy baja.

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—Posible sepsis.

—Saturación cayendo.

—Necesito la vía ya.

Yo no entendía todo, pero entendía suficiente.

Camila no estaba muerta.

Todavía no.

La subieron a la camilla con una mascarilla de oxígeno y una rapidez que me hizo sentir aún más inútil.

Mateo quiso subirse con ella.

La paramédica le dijo que podía ir adelante si un adulto responsable lo acompañaba.

Los dos se volvieron hacia mí.

—Soy su jefe —dije.

La palabra me dio asco apenas salió de mi boca.

Aun así, fue la única relación que supe nombrar en ese momento.

En el trayecto al Jackson Memorial, Mateo no soltó mi mano.

Yo iba sentado frente a él, con las rodillas tocando la base de la camilla, viendo a Camila respirar a tirones bajo la máscara.

Cada vez que el monitor cambiaba de ritmo, el niño me apretaba los dedos más fuerte.

En algún punto del camino, preguntó:

—¿La van a despertar?

No le mentí.

—Van a hacer todo lo posible.

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