La pitbull me dejó acercarme lo suficiente para ayudarla-jangchan

El cuerpo del cachorro volvió a sacudirse bajo su pecho, y en ese instante todo dentro de mí se dividió en dos.

Una parte quería sacarlo de inmediato.

La otra sabía que si tocaba a uno demasiado pronto, la madre podía entrar en pánico, usar la última energía que le quedaba para defenderlos o salir corriendo con los otros cuatro.

Ese fue el dilema enterrado en el barro junto a nosotras.

Salvar primero al más débil y arriesgar la confianza frágil que habíamos tardado veinte minutos en construir.

O esperar a los rescatistas y quizá perder un cachorro que ya se estaba apagando delante de mí.

La perra decidió por ambas.

Bajó la cabeza, empujó con el hocico al cachorro que se movía raro y lo fue sacando poco a poco de debajo de su cuerpo hasta dejarlo a unos centímetros de mí.

No porque confiara plenamente en mí.

Porque ya no tenía otra opción.

Hay madres que no entregan a sus hijos.

Hay madres que, cuando sienten que su cuerpo ya no alcanza, los colocan en manos ajenas con la esperanza terrible de que alguien haga mejor lo que ellas ya no pueden.

Me acerqué despacio, hablándole todo el tiempo.

El cachorro estaba helado.

Demasiado helado.

Tenía la boquita entreabierta y pequeños espasmos en el cuerpo. Le quité con cuidado un poco de barro del hocico y lo envolví en la parte más seca de mi chaqueta. Mientras lo frotaba suavemente para darle calor, la madre no me quitó los ojos de encima ni un solo segundo.

Y entonces entendí algo peor.

Ella no solo estaba vigilando.

Estaba contando.

Uno en mis manos.

Cuatro con ella.

Seguían siendo suyos.

Seguían estando todos.

Nunca voy a olvidar esa mirada.

No era rabia.

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