Esperó 14 años para preguntarle si aún quería casarse con él-yumihong

Cuando tenía ocho años, yo estaba absolutamente segura de dos cosas: que las bugambilias de nuestra casa eran las más bonitas de todo Guadalajara y que algún día me casaría con Alejandro, el vecino de al lado.

A esa edad, una cree que las certezas son eternas.

No importa si el vestido está manchado de tierra, si una trae las rodillas raspadas o si los adultos se ríen hasta casi doblarse por la cintura.

Cuando algo se le mete a una niña en el corazón, no hay argumento que la saque.

Por eso aquella tarde, bajo la sombra violeta de la bugambilia del patio, yo me planté frente a media cuadra y lo anuncié como si estuviera decretando algo importantísimo para el futuro del país.

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—Cuando sea grande, me voy a casar con Alejandro.

Las vecinas soltaron tal carcajada que todavía hoy puedo escucharla si cierro los ojos.

Doña Rosa, la de la panadería de la esquina, tuvo que dejar la jarra de agua de jamaica sobre la mesa porque se estaba ahogando de la risa.

Mi madre se llevó una mano a la frente.

Y Alejandro, que estaba recargado junto a su vieja motocicleta, se puso rojo hasta las orejas.

Él era casi diez años mayor que yo.

Para mí, eso lo convertía en una especie de héroe invencible.

Sabía arreglar focos, lavadoras, llaves que goteaban y radios viejos.

Siempre tenía una herramienta en la mano y una paciencia extraña para ayudar a todo el mundo.

En las calles color terracota del barrio, donde cualquier desperfecto terminaba convirtiéndose en problema colectivo, Alejandro era la persona a la que todos llamaban.

Ese día se acercó a mí sonriendo con vergüenza, me revolvió el cabello y preguntó:

—¿Y tú qué sabes de casarte? Eres solo una niña.

Yo hice un puchero indignado y respondí con una solemnidad que provocó otra ronda de risas.

—Claro que sé. Alejandro es la persona que más quiero en todo el barrio.

Desde entonces, durante años, cada vez que lo veía pasar frente a la casa, yo corría detrás de él gritando “¡esposo!” a todo pulmón.

Él soltaba una risita, negaba con la cabeza y seguía caminando con esa paciencia bondadosa que tanto me gustaba.

A veces me compraba un dulce en la tienda.

A veces me dejaba sostenerle un destornillador mientras arreglaba algo.

A veces solo me decía:

—Cuando crezcas, seguro que lo olvidas.

Pero yo no lo olvidé.

El tiempo, que cuando una es niña parece tardar una eternidad en pasar, empezó a irse más rápido de lo que imaginé.

Dejé de usar trenzas chuecas.

Mis rodillas dejaron de estar siempre llenas de raspones.

Aprendí a cargar mochilas pesadas, a estudiar hasta la madrugada y a fingir que el mundo adulto no me asustaba.

Mi padre enfermó durante mis años de preparatoria, y en mi casa ya no había mucho espacio para fantasías infantiles.

Había cuentas. Había turnos dobles de mi madre.

Había preocupación.

Fue en esos años cuando dejé de correr detrás de Alejandro gritándole “esposo”.

No porque ya no sintiera nada.

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