Huyó de su madrastra y subió al coche equivocado… o al único correcto-yumihong

Para cuando los frenos del coche negro dejaron de chirriar sobre el asfalto, Elena Vargas ya no sentía los pies. Solo sentía el miedo. Ese miedo espeso, animal, que no deja pensar ni respirar, que solo empuja el cuerpo hacia adelante aunque el alma vaya quedándose atrás. La lluvia le

golpeaba la cara con tanta fuerza que apenas podía mantener los ojos abiertos, pero aun así siguió avanzando hasta apoyar las manos

temblorosas sobre la ventanilla del pasajero. Del otro lado, bajo la luz tenue del interior, un hombre de traje oscuro la observaba con una

quietud casi irreal. No parecía asustado. No parecía sorprendido. Parecía estar calculándolo todo. Y, sin embargo, cuando Elena murmuró que por favor no la dejara allí, algo en la expresión de Mateo Carranza cambió.

—Abra —dijo él, sin elevar la voz.

El chofer obedeció de inmediato. Elena se lanzó al asiento trasero como quien se arroja a un bote en medio del naufragio. El cuero olía a

limpio, a dinero, a un mundo al que ella jamás había pertenecido. La puerta se cerró con un golpe seco y el coche arrancó otra vez, tragándose

la noche. Elena se hizo un ovillo, abrazándose el pecho, y no levantó la cabeza hasta que dejó de escuchar los gritos lejanos perdidos bajo la

tormenta. Mateo se quitó el abrigo y lo colocó sobre sus hombros sin tocarla más de lo necesario. Aquello debió darle alivio, pero solo

consiguió que los ojos se le llenaran de lágrimas. Llevaba demasiado tiempo sin que nadie hiciera un gesto de cuidado hacia ella.

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Mateo Carranza tenía treinta y ocho años y una reputación impecable en el mundo de los negocios. Era el tipo de hombre que aparecía en

revistas financieras, que dirigía juntas millonarias sin levantar la voz y que rara vez improvisaba. Su vida estaba hecha de control, precisión y

distancia. Incluso aquella noche había estado volviendo de una negociación en la que no había cedido un centímetro. Pero la muchacha

empapada a su lado no encajaba en ninguno de sus esquemas. Había barro en sus piernas, un moretón violáceo en la mejilla y un terror tan

auténtico en la mirada que ni el peor actor del mundo habría podido fingirlo. —¿Quién viene detrás de ti? —preguntó al fin. Elena tardó

varios segundos en responder. —Mi madrastra —dijo, con la voz rota—. Y el hombre al que quería venderme.

No contó más en el trayecto. Cada vez que los faros de otro vehículo aparecían por el espejo, se encogía como si fuera a romperse. Mateo no insistió. Ordenó al chofer cambiar de ruta y, en lugar de dirigirse a Guadalajara, tomó el camino hacia Los Arrayanes, una finca discreta en

las afueras que usaba cuando quería desaparecer del ruido del mundo. Llegaron pasada la medianoche. Doña Pilar, el ama de llaves, abrió la puerta con una bata gruesa sobre los hombros y una sola mirada le bastó para entender que aquello no admitía preguntas inmediatas.

Subieron a Elena a un cuarto de huéspedes, le dieron ropa seca, una taza de té y silencio. Cuando por fin se durmió, con la ventana todavía temblando por la lluvia, Mateo siguió despierto en la biblioteca hasta el amanecer.

A la mañana siguiente, la claridad gris encontró a Elena sentada en la orilla de la cama, desorientada, como si la paz del cuarto fuer

a otra forma de amenaza. Doña Pilar le llevó pan, café y una muda sencilla. Le habló con la delicadeza de quien sabe que algunas personas

están tan lastimadas que cualquier tono brusco puede terminar de quebrarlas. Poco a poco, Elena aceptó lavarse la cara, peinarse y bajar al

comedor. Allí estaba Mateo, impecable incluso sin corbata, revisando unos documentos junto a una ventana enorme que daba a los jardines mojados. No sonrió al verla. Tampoco quiso imponer cercanía. Solo apartó los papeles y señaló la silla frente a él. —Aquí nadie va a tocarte —

dijo—. Pero necesito saber si el peligro terminó anoche o apenas empezó.

Elena sostuvo la taza entre ambas manos para esconder el temblor. Tenía veinticuatro años, pero en ese instante parecía una muchacha mucho más joven, alguien a quien le habían robado demasiadas cosas demasiado pronto. Empezó por lo esencial. Su padre, Rafael Vargas,

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