HAMBREARON A UNOS ANCIANOS PARA DAR “EJEMPLO” —NUNCA PREGUNTARON QUIÉN ERA SU HIJO – thuytien

—¿Cómo dices que dijiste, ruquito? ¿Que vienes a sacar dinero? ¡Jajaja!

El gerente de la sucursal soltó la carcajada, viéndole la cara de pendejo al viejito que agarraba una libretita toda madreada con sus manitas llenas de polvo.

Los chalanes que andaban atrás de las cajas también se cagaron de risa.

—Oiga, don, aquí no es iglesia para andar dando limosnas. ¡Sáquenme a este güey de aquí!

Dos gorilas de seguridad se le dejaron ir, lo apañaron y le dieron su buen aventón hasta que el viejito fue a dar de hocico contra el pisito de mármol.

Todo esto, enfrente de los demás clientes.

La raza nomás se quedó viendo, calladita, haciéndose pendeja.

Lo que ni uno solo de esos banqueros de cuello blanco se maliciaba, era que se acababan de echar la soga al cuello.

Porque al don que acababan de pendejear… se había pasado décadas de su vida metiéndose hasta la cocina de los cárteles y las mafias pa’ cuidar al país.

Y ese pinche banco, estaba a nadita de volverse la peor cagada de sus tristes vidas.

En el mero centro de Guanatos (Guadalajara), en una avenida fresona donde los edificios de puro vidrio te encandilan con el solazo de mediodía, estaba plantada la sucursal más perrona del Banco Horizonte Financiero.

Ese changarro era famosillo por moverle las cuentas a los machuchones, clavar inversiones de millones y armar tratos con las empresas de ligas mayores.

Sus paredes de cristal apestaban a feria y a poder, y adentro, el clima estaba tan cabrón que hasta te congelaba los huesos, bien calladito todo, como si cada billete de a mil ocupara que le hicieran reverencia.

Esa mañanita, todo andaba al cien, pura rutina.

Los vatos de trajecito caro checando números.

Los dueños de las empresas firmando papeles, y las doñitas de las cajas despachando filotas de gente con sus sonrisitas de plástico.

Nadie peló al viejito que se metió a pasito de tortuga por la puerta giratoria, recargándose en un bastoncito de madera bien pulida.

Traía una camisita blanca ya de batalla, sus pantalones de mezclilla, y un sombrerito de palma que nomás no cuadraba con tanto traje fifí.

Se le veían los surcos en la jeta por los años, y caminaba despacito, midiéndole el agua a los camotes, como si cada paso le pesara una tonelada.

El poli de la entrada lo barrió con la mirada y le valió madre.

Cero facha de cliente pesado, ni daba el ancho pa’ ser bronca.

Nomás otro ruquito más queriendo cobrar su pensioncita.

El abuelo jaló pa’ las cajas, peló una libreta de ahorros más vieja que la chingada, y se puso a hacer cola bien relax.

Sus ojitos andaban escaneando todo el congal: las camaritas, por dónde pelar gallo si había lumbre, y dónde andaba acomodado cada gato del banco.

Daba el gatazo de andar papaloteando, pero la neta andaba registrando cada madre con ojo de halcón.

Cuando por fin le tocó pasar, la morra de la caja le agarró la libretita con una hueva que ni te cuento.

—¿Qué movida va a hacer, oiga?

—Vengo a vaciar la cuenta, m’ija —le soltó el viejito con voz calmadita.

La morra le tecleó los numeritos a la compu.

La jeta se le desencajó por un microsegundo antes de volver a ponerse su máscara de oficinista.

—Aguánteme tantito, don. Le toca pasar a platicar con el gerente.

El viejo le asintió, cero panchos.

Agarró caminillo pa’ la oficinita de vidrio, donde ya lo andaba campeando Ramiro Velasco, el mero mero regional del banco.

Un cabrón con un traje cortado a la medida, una sonrisa de hijo de la chingada, y de esos que te escanean pa’ ver cuánto traes en la cartera.

Velasco le dio una hojeada a la libreta y soltó una sonrisita burlona.

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