—¿Cómo dices que dijiste, ruquito? ¿Que vienes a sacar dinero? ¡Jajaja!

El gerente de la sucursal soltó la carcajada, viéndole la cara de pendejo al viejito que agarraba una libretita toda madreada con sus manitas llenas de polvo.
Los chalanes que andaban atrás de las cajas también se cagaron de risa.
—Oiga, don, aquí no es iglesia para andar dando limosnas. ¡Sáquenme a este güey de aquí!
Dos gorilas de seguridad se le dejaron ir, lo apañaron y le dieron su buen aventón hasta que el viejito fue a dar de hocico contra el pisito de mármol.
Todo esto, enfrente de los demás clientes.
La raza nomás se quedó viendo, calladita, haciéndose pendeja.
Lo que ni uno solo de esos banqueros de cuello blanco se maliciaba, era que se acababan de echar la soga al cuello.
Porque al don que acababan de pendejear… se había pasado décadas de su vida metiéndose hasta la cocina de los cárteles y las mafias pa’ cuidar al país.
Y ese pinche banco, estaba a nadita de volverse la peor cagada de sus tristes vidas.
En el mero centro de Guanatos (Guadalajara), en una avenida fresona donde los edificios de puro vidrio te encandilan con el solazo de mediodía, estaba plantada la sucursal más perrona del Banco Horizonte Financiero.
Ese changarro era famosillo por moverle las cuentas a los machuchones, clavar inversiones de millones y armar tratos con las empresas de ligas mayores.
Sus paredes de cristal apestaban a feria y a poder, y adentro, el clima estaba tan cabrón que hasta te congelaba los huesos, bien calladito todo, como si cada billete de a mil ocupara que le hicieran reverencia.
Esa mañanita, todo andaba al cien, pura rutina.
Los vatos de trajecito caro checando números.
Los dueños de las empresas firmando papeles, y las doñitas de las cajas despachando filotas de gente con sus sonrisitas de plástico.
Nadie peló al viejito que se metió a pasito de tortuga por la puerta giratoria, recargándose en un bastoncito de madera bien pulida.
Traía una camisita blanca ya de batalla, sus pantalones de mezclilla, y un sombrerito de palma que nomás no cuadraba con tanto traje fifí.
Se le veían los surcos en la jeta por los años, y caminaba despacito, midiéndole el agua a los camotes, como si cada paso le pesara una tonelada.
El poli de la entrada lo barrió con la mirada y le valió madre.
Cero facha de cliente pesado, ni daba el ancho pa’ ser bronca.
Nomás otro ruquito más queriendo cobrar su pensioncita.
El abuelo jaló pa’ las cajas, peló una libreta de ahorros más vieja que la chingada, y se puso a hacer cola bien relax.
Sus ojitos andaban escaneando todo el congal: las camaritas, por dónde pelar gallo si había lumbre, y dónde andaba acomodado cada gato del banco.
Daba el gatazo de andar papaloteando, pero la neta andaba registrando cada madre con ojo de halcón.
Cuando por fin le tocó pasar, la morra de la caja le agarró la libretita con una hueva que ni te cuento.
—¿Qué movida va a hacer, oiga?
—Vengo a vaciar la cuenta, m’ija —le soltó el viejito con voz calmadita.
La morra le tecleó los numeritos a la compu.
La jeta se le desencajó por un microsegundo antes de volver a ponerse su máscara de oficinista.
—Aguánteme tantito, don. Le toca pasar a platicar con el gerente.
El viejo le asintió, cero panchos.
Agarró caminillo pa’ la oficinita de vidrio, donde ya lo andaba campeando Ramiro Velasco, el mero mero regional del banco.
Un cabrón con un traje cortado a la medida, una sonrisa de hijo de la chingada, y de esos que te escanean pa’ ver cuánto traes en la cartera.
Velasco le dio una hojeada a la libreta y soltó una sonrisita burlona.
—¿Cómo dices que dijiste, ruquito? ¿Qué vienes por lana? ¡Jajaja!
El viejo ni se inmutó.
Velasco le picó a la compu, y la sonrisa se le hizo de oreja a oreja.
—Pos fíjese que esta cuentita anda congelada. Movimientos raros, ya se la sabe.
Al viejo se le frunció el ceño apenitas.
—Esa madre son los ahorritos de toda mi perra vida.
Velasco se hizo p’atrás en su sillón de piel, mirándolo pa’bajo.
—Pues p’a la otra póngase trucha con quién hace bisnes, mi estimado, o mínimo apréndale a leer a las letritas chiquitas de los contratos antes de andar firmando a lo pendejo.
El viejo sacó un falderecito amarillo atascado de papeles bien acomodaditos.
—A’i le traigo el papelito de cada peso que metí.
Velasco ni se dignó a voltear a verlos.
—Esas madres no valen verga aquí.
El ambiente se puso pesado de a madres en la oficinita.
Allá ajuera, la raza ya andaba de metiche viendo el show por los cristales.
—Ocupo mi lana, joven —se plantó el anciano, bien sereno.
Velasco soltó un suspiro de actor barato.
—A ver, ruco, su pinche cuenta anda chueca. Por las de la ley, el banco le puede amarrar sus centavos en lo que averiguamos qué pedo.
El anciano le sostuvo la mirada.
—Esa madre es pasarse de la raya, y es ilegal.
A Velasco se le borró la sonrisita.
La voz se le puso de hielo.
—Aquí las leyes las ponemos nosotros cuando nos huele a rata.
El viejo agarró sus papelitos y los guardó despacito.
—Quiero levantarle una queja por escrito.
Velasco le picó a un botoncito que traía escondido en el escritorio.
—¡Seguridad!
Entraron dos mastodontes a la oficina.
—Este don ya nos anda cagando el palo. Sáquenmelo a la chingada a la calle.
Los gorilas apañaron al viejito de los brazos.
El don no metió las manos, pero el bastón se le fue al piso y el tronido rebotó por todo el banco.
La perrada se quedó viendo cómo lo arrastraban pa’ la salida.
Cuando el viejo se quiso acomodar pa’ agarrar paso, uno de los pendejos de seguridad le acomodó un pinche empujón de la nada.
El don fue a dar de madrazo contra el piso de mármol, y el sombrerito salió rodando hasta topar con la puerta de la calle.
Unos cuantos se hicieron pendejos viendo pa’ otro lado, otros agarraron su celular pa’ disimular.
Nadie soltó ni un “pío”.
Velasco andaba de mirón desde la puerta de su oficina, sonriendo como pavo real.
—Ojalá y a todos les caiga el veinte con este teatrito —se oyó murmurar al gerente.
El viejo se quedó tirado unos segunditos, luego agarró viada y se fue parando pian pianito, pepenó su sombrerito y el bastón.
En la jeta no traía ni una gota de encabronamiento ni de sentirse humillado.
Nomás traía una paz que hasta daba ñañaras.
Antes de cruzar la puerta, se le volteó al Velasco.
—¿Segurito que no le quiere echar el ojo a mis papelitos?
Velasco soltó una risita culera.
—Ábrase a la verga antes de que le hable a la patrulla.
El anciano nomás asintió, y se salió pa’ la calle, bajo el pinche solazo del mediodía.
Caminó hasta una banquita ahí en la placita de enfrente.
Se sentó con cuidadito, jalando aire hasta el fondo.
Peló un telefonito de esos viejos, de tabique, y le marcó a un numerito que se sabía de memoria desde hacía años.
Le contestó una morra, con voz de operadora militar.
—Base Águila. Cánteme la contraseña.
El viejo se quedó viendo al banco, que se reflejaba en los vidrios de la placita.
—Operativo Águila Gris. Tírame línea.
Silencio en corto.
—A ver, identifíquese al cien.
El anciano le cantó unos numeritos que, si a mucho, cinco cabrones en todo México topaban.
La voz de la morra cambió de putazo.
—Mi agente Morales. Jurábamos que ya andaba cobrando su pensión en la playa.
El viejo cerró los ojales un ratito.
—Ya andaba en esas, m’ija. Pero como que me topé con un regalito que ocupa que le echemos ojo.
—Cante el nivel del desmadre.
Morales le echó un ojo por el cristal al Velasco, que andaba cagándose de risa con un chalán de traje mientras rayaba unos papeles.
—Traen un cagadero institucional con las cuentas. Y me huele a kilómetros a lavandería de dinero.
Del otro lado, el mutis se alargó.
—¿Ocupa que le mandemos a los muchachos?
Morales jaló aire perrón.
—Todavía no. Primero quiero afianzar el tiro.
Colgó el telefonito despacito.
El airecito andaba meciendo las hojas de los arbolitos de la plaza, mientras el ruco se quedaba guachando al banco con una mirada que ya no era de un abuelito que va a cobrar la de Bienestar.
Se había aventado décadas metiéndose a la cama con los cárteles de la lana, mafias de ajuera y cabrones que movían los millones como si fueran tazos en bancos chuecos.
Él ya se la sabía: el billete sucio no se pasea en portafolios en la calle, se mueve en oficinitas fresas con el aire acondicionado al cien.
El Banco Horizonte Financiero no era nomás un banquito equis, era la puerta a una cloaca pasadísima de lanza.
Y el pendejo de Ramiro Velasco le acababa de picar los huevos al gallo equivocado.
Morales se paró de su banquita bien relax, se acomodó el sombrero y jaló pa’ un cafecito que quedaba en corto, enfrente del banco.
Pidió su cafecito de olla sin azúcar, y se apoltronó pegadito al vidrio, sin perderle la vista a ni un puto movimiento de ese edificio.
A’i adentro, el Velasco andaba de mamador revisando unas chingaderas con uno de sus chalanes de traje.
—Que ni se le ocurra a ese ruco apestoso volver a asomar las narices por aquí —le ladró.
El gato le asintió, sin respingar.
Lo que el Velasco no topaba era que, en ese mismito segundo, su pinche nombrecito ya andaba siendo peinado en las bases de datos de los federales; unas bases que él ni en sus chaquetas mentales se imaginaba que existían.
No topaba que ya le andaban checando las cámaras de la calle.
No topaba que ya le andaban clonando las llamaditas de su teléfono.
Y menos, pero menos se imaginaba, que al viejito que mandó a arrastrar por el piso… se la había pasado 40 años tumbándoles el teatrito a malandros de cuello blanco que juraban que con su puta feria eran intocables.
Morales le dio un llegue al cafecito sin quitarle el radar al banco.
Su jeta seguía modo zen, pero acá arriba, el wey ya andaba armando el tablero de ajedrez, con esa finura que nomás te dan los años de andar infiltrado hasta las manitas.
El gerentillo creyó que se había sobajado a un don nadie.

Pero la neta, acababa de picarle al botón rojo que le iba a mandar a chingar a su madre todo su emporio de billetes, y esto… apenas era el calentamiento.
La tardecita iba cayendo a cuenta gotas sobre Guanatos.
El solazo ya andaba rebotando en los vidriales del Horizonte Financiero, aventando charolazos de luz dorada en la banqueta.
En el cafecito de enfrente, el viejo Morales seguía apoltronado en su lugar VIP junto a la ventana, agarrando su tacita de café que ya hasta andaba fría a la chingada.
Los ojitos los traía clavados en la mera puerta del banco.
Nomas guachando, con esa paciencia perra del cabrón que lleva toda su vida leyéndole la mente a la raza, cazando las mañas y topando esos detallitos pendejos que cualquiera dejaría pasar de largo.
Daba el gatazo de ser un don jubilado matando el tiempo, pero la ardilla le estaba girando a la velocidad de la luz.
Andaba pasando lista de a qué horas entraban y salían los gatos del banco, los relevos de los de seguridad, los weyes que caían de visita a cada rato, y hasta a qué ritmo bailaban las camaritas de ajuera.
Toda esa basurita era información, piezas p’a armar el cagadero que apenas iba a destapar.
Por otro lado, adentro de la cueva, el Ramiro Velasco andaba dándose el rol por el pasillo checando papeles con su lamehuevos personal.
Su cara de “soy tu padre” seguía firme, pero ya se le notaba que andaba medio tiezudo de los hombros.
La arrastrada al viejo había sido un pedo de nada, un chistecito de 3 minutos, pero algo en los ojos del ruco cuando le sostuvo la mirada lo dejó como con comezón en el culo.
Se metió a su oficina y azotó la puerta de vidrio.
Prendió la compu y se puso a escarbarle a unas cuentitas machuchonas de empresas, jineteando las cifras en corto.
Se había aventado años puliendo su maña p’a moverle a los números, hacer triangulaciones mamonas, y congelar cuentas a lo pendejo pa’ rascarle lanita por debajito del agua sin que le brincara el sistema.
Pa’ este cabrón no era robar; era “echarle coco a las finanzas”.
Su pretexto pitero era que él era el jefe y podía hacer lo que se le hinchara.
A un par de callecitas, Morales se empinó lo último de su café helado y sacó otro juguetito del saquito.
Un aparatito de satélite, de esos chonchos p’a que no te anden clonando el audio.
Le picó a la marcación rápida.
Se la agarraron en putiza.
—Central de Inteligencia Financiera. Línea encriptada. Suéltela.
Morales no le quitaba el ojo al banco.
—Aquí el agente de la vieja guardia, Ernesto Morales. Clave Águila Gris. Ocupo que le den una buena rasurada por la sorda a la sucursal Centro del Horizonte Financiero en Guadalajara.
Mutis total del otro lado, antes de que el wey se cuadrara.
—Clave al cien, jefe. ¿Qué mosca le picó con esa sucursal?
Morales cerró los ojos y se le vino a la choya la risita de pendejo del gerente.
—Me huele a que andan jineteando el dinero a la brava, maquillando números, y chance y hasta andan lavándole los calzones a la maña.
El de la línea se hizo güey unos segunditos.
—Con su pura charola, jefe, nos arranca la investigación. Nomas que ocupamos que nos dé un ratito p’a armar el pedo.
Morales le asintió al viento.
—Lo único que no le quiero regalar a ese perro, es mi puto tiempo.
Colgó el tabique y se lo guardó.
Se paró con una hueva calculada y agarró paso pa’l parquecito que pegaba con la placita.
Desde ahí la vista era otra onda; topaba directito la puertita de atrás, esa donde entran los peces gordos para no rozarse con la prole de las filas.
Se la aventó horas dando la vuelta por ahí, haciéndole al abuelito paseador, pero cada mendigo paso era puro halconeo fino.
Topó las troconas blindadas sin placas que se metían como Juan por su casa.
Guachó cómo pasaban portafolios sospechosos directito a las oficinas de arriba, y a los gatos de traje que andaban sacándole la vuelta a las cámaras de los pasillos.
Y en lo que andaba en eso, al Velasco le sonó el celular personal adentro de su oficina.
—Qué onda, ¿qué pedo armaste con los centavos del ruquito? —le tiró una voz de wey pesado.
Velasco le puso el seguro a la puerta en corto.
—Ya le eché candado a la chingadera. Nadie va a andar llorando esa cuenta.
—No te confíes, cabrón. Ya nos andan cantando unas auditorías de ajuera.
Velasco se rió con su tonito de alzado.
—Llevo años domando este circo, güey. A las cuentitas pinchurrientas nadie les mete el ojo.
Y le cortó.
Creyendo que se las sabía de todas todas, sin olerse que en las entrañas del sistema del gobierno ya andaban cruzando los cables de su nombre, de sus transitas por abajito del agua, y de todas las cuentonas corporativas que el muy pendejo manejaba.
Ya que oscureció, Morales jaló de retache p’a su cuartucho de pensión.
Un congalito de a tres pesos, con paredes de cartón y muebles viejos.
P’a él, esa madre era un palacio comparado con los pinches hoyos donde durmió en sus buenos tiempos de operativo.
Se aventó en el catre y destapó el falderecito amarillo que le había enseñado al gerente culero.
A’i no nomás traía sus ahorros.
Traía sus libretitas de chismes, los nombres de la vieja escuela y puros numeritos que nomás alguien con el culo pelado de hacer inteligencia sabría desencriptar.
Se aventó toda la perra madrugada checando papeles, con la tele prendida pero muda en las noticias.
La choya le giraba conectando las tranzas que ya había visto con otros carteles de cuello blanco.
Él ya topaba la regla de oro: si un pinche banco te congela la lana haciéndose pendejo, es porque traen una lavadora industrial jalando atrás.
A la mañanita, Morales le cayó de nuez al banco.
Mismas garritas humildes, mismito pasito de no romper un plato.
El gorila de la entrada luego luego lo fildeó y le cruzó las manazas en la puerta.
—Ya le cantamos que a la chingada de aquí, don.
Morales le tiró la mirada más pacífica del mundo.
—Nomás vengo a aventar unos papeles, mi chavo.
El poli le dudó tantito, pero acabó aflojando.
Como el ruquito no se veía malandro, lo dejó pasar.
El don se fue directito p’a los escritorios de servicio y exigió que le hablaran a uno de los jefecitos de administración.
Esta vuelta, ni se asomó a querer agarrarse a madrazos con Velasco.
Nomás dejó caer las copias notariadas de sus papeles, con una carta exigiendo una pinchen auditoría bancaria con folio y toda la cosa.
El güey ya sabía que esa hojita los iba a atorar a huevo a abrirle un expediente que, tarde o temprano, les iba a caer la voladora del SAT o la bancaria a checarlos.
En lo que las secretarias se hacían bolas agarrándole los papeles todas sudadas, Morales andaba echando ojo a cómo se pasaban los chismes entre los escritorios.
Cada hojita que dejaba en el mostrador era un pinche balazo a la mafia que traían armada.
A la oficinita de cristal le llegó el recadito a Velasco de que el “pinche viejo sordo” había regresado.
Se le apretó la quijada.
—Otra puta vez este ruco cagaleche —bufó, emputado.
Pero no quiso salir a darle la cara.
Nomás mandó línea de que agarraran los papeles del don y los mandaran al hoyo negro del archivo muerto p’a hacerlos pendejos unos mesecitos.
Según él, un tope más en su carreterita de tranzas.
Lo que el muy pendejo no topaba era que el papelito que metió Morales era una orden directa al sistema de hacienda federal.
Ese papel le cantaba a la computadora central que le echaran la lupa a cada pinche movimiento de esa cuenta “congelada”.
Y esa madre ya no la controlaba su banquito… esa madre la controlaban desde la mera capital del gobierno.
Saliendo del changarro, Morales caminó p’a la placita con la misma jeta de abuelito tierno, pero ahora en el pantalón le andaba brincando el telefonito pesado.
Lo peló disimulado.
—Centro de Inteligencia, mi agente. Le cantamos el bingo con las cuentas del Ramiro Velasco. A’i trae su desmadre. Sígale rascando.
Morales peló una sonrisita que no se le notaba.
—Copiado.
Mientras daba el rol por las sombritas de los árboles, le echó el último lente al reflejo del edificio de cristal.
Sabía que la bomba apenas empezaba a hacer tic-tac.
A él le había tocado ver caer pinches imperios completos por cagadas más pendejas que la de un gerentillo alzado que se juraba intocable.
Adentro de la caja de cristal, el Velasco andaba chocando copas con un wey pesudo por amarrar un proyectote de a millones.
Se cagaba de risa, sintiéndose el rey del mundo, creyendo que su pinche silla gerencial lo salvaba de cualquier periodicazo o demanda.
Ni en sus peores pesadillas se maliciaba que en ese precisito segundo su nombrecito ya andaba rolando en oficios clasificados pa’ las grandes ligas.
Que sus numeritos de 5 años pa’ca los andaban descuartizando los perros de delitos financieros.
Y mucho menos le cruzaba por la cabeza que el don apestosito al que había mandado a lamer el piso… ya le andaba armando la camita p’a hundirlo a él, a su carrera, y a toda la pinche cloaca que anduvo construyendo a la sorda por tantos putos años.
Morales cruzó la callecita, dándole la espalda al banco a pasito lento, echando todo el peso en el bastón mientras el sol le pegaba de lleno en la jeta.
Pa’ cualquier pendejo que anduviera de mirón, nomás era un ruquito perdido en la ciudad.
Pero acá en la choya, el cabrón ya andaba en pleno operativo.
Y cuando un perro viejo como él agarra el hueso de una investigación… ah, cabrón, te firmo que nunca acaba con un solo güey entambado.
El pinche solazo del mediodía andaba derritiendo el asfalto en Guanatos.
La raza andaba de aquí p’allá, con los carros a vuelta de rueda alrededor del Banco Horizonte Financiero.
Ese changarro seguía con su misma facha de siempre: puro billete, pura finura y gente acartonada.
Desde ajuera, ni a chingadazos te imaginabas que atrás de esos vidrios blindados ya se estaba armando el huracán categoría 5, bien a la sorda.
Morales andaba dándole patín a la banqueta, apoltronado en su bastoncito.
Se paraba a echarle ojo a los aparadores de las tiendas, tirando el gatazo del abuelito que nomás anda quemando tiempo.
Pero nel, m’ijo; sus ojos andaban como radar.
Guachando quién se reflejaba en los vidrios, cómo se movían los gorilas de seguridad, a qué horas le daban bajón los chalanes, y quiénes eran los que entraban por la puerta VIP.
Toda esa mamada le confirmaba que ese banquito no nomás se andaba jineteando su pensión.
A’i andaba operando una lavadora industrial de billetes.
Mientras tanto, en una oficinita del gobierno escondida a kilómetros de a’i, unos batos bien nerds de la inteligencia financiera andaban echándole lupa a unos papelotes y pantallitas.
Y ¡pácatelas! Que les empiezan a brincar las coincidencias.
Dólares moviéndose por abajito del agua, cuentas a nombre de weyes que ni existen, y toditas traían la chingada firmita del Ramiro Velasco.
El gerentillo que nunca salía en los reportes de las auditorías pedorras de siempre, ahorita andaba siendo la estrella principal en un chingo de reportes por andarle pasando feria a empresas chuecas.
El buen Morales se dejó caer de retache al cafecito de enfrente.
Se pidió su cafecito de olla negro, sin azúcar.
Agarró su sillita de siempre en el ventanal, desde donde le tenía tomada la medida a la puerta del banco, y se puso a darle vueltecitas al café con su cucharita, haciéndose pendejo.
Se le vinieron a la mente las misiones pesadas de antaño, cuando se le metía hasta la cocina a los cárteles internacionales que usaban los bancos finos pa’ lavar la feria de la maña y de los pinches políticos rateros.
Él ya se la sabía: el manual del lavador siempre es la misma mamada.
Primero te clavan unos centavitos a la sorda, te congelan la cuenta con pretextos pendejos, y a los clientes que ven más “débiles” se los empinan porque saben que no tienen cómo hacerla de pedo para demostrar la tranzota.
Allá adentro de la cueva de cristal, Velasco andaba echando chisme con su asistente, cuadrando las agendas pa’ irse a comer con los peces gordos que le confiaban su lana.
El cabrón andaba bien volado.
Juraba que su jugada era a prueba de balas.
El fonazo que le echaron anoche sus compas de tranzas lo ciscó un ratito, sí… pero su pinche ego y creerse el más vergas de la cuadra le apagaron la alarma en chinga.
Y pos, en las entrañas de los federales, los nerds ya le habían rascado otro chismecito: chingos de las cuentas que el Velasco manejaba cuadran al centavo con transferencias que venían de unas constructoras ratas.
Unas constructoras que ya traían un pedotote legal por andarle inflando los precios al gobierno en las obras públicas.
Esa conexión les prendió el foco rojo nivel “Operación Federal”.
Morales no traía el dato exacto de ese cagadero, pero su instinto de perro viejo le chiflaba que el nido de ratas estaba hondo.
Se chingó lo que quedaba del café, aventó los billetes en la mesa y agarró camino pal parque.
Se apoltronó en una banquita enfrente de la fuentota.
Peló una libretita toda madreada y se puso a rayar nombres, fechas y las maromas que había estado apuntando en esos dos diítas de guardia.
Pa’ la raza, nomás era un don haciéndole al escritor nostálgico.
Pero p’a él, cada pinche palabrita era un croquis mental que enredaba lo que se veía a leguas con la porquería que andaba bajo el tapete.
A unas cuadritas de ahí, el puto Velasco salió del changarro muy ganitas con un gringo encorbatado.

Se treparon a un carrazo negro con los vidrios más ahumados que la chingada, y le dieron p’a un restaurante de esos donde la pura entrada te cuesta la quincena.
Morales guachó cómo se pelaban y se le grabaron las placas en el cerebro.
Esa mamada de juntarse afuerita de la oficina era la clásica escenita de que se iba a armar el moche.
Pian pianito, paró las nalgas y caminó p’a la parada del camión.
Se subió al ruletero bien tranqui, agarró la ventanita, y se la fue llevando de a muertito por toda la ruta, que ¡qué casualidad!, pasaba por enfrente del restaurante de lujo.
Se bajó dos cuadras antes y le dio al patín.
No se paró en la puerta ni hizo mosca.
Agarró una banquita en la acera de enfrente y se puso a echar halcón a la sorda.
Se aventó 20 minutotes hasta que la nave negra cayó al valet parking.
El Velasco y el gringo se bajaron cagándose de risa, echando verbo a todo volumen sobre mover la lana p’a Europa.
Morales peló el ojo y topó clarito cómo el extranjero le soltaba un sobrecito bien flaquito al Velasco antes de cruzar la puerta de vidrio.
Fue un puto movimiento de mago, de esos que a cualquier wey pendejo se le escapan.
Pero a un cabrón entrenado p’a cazar moches, ni madres.
Morales se acomodó el sombrerito, guachando sin meter las manos.
El bato topaba que con puro chisme no la armaba.
Ocupaba que la tira tuviera los papeles oficiales pa’ torcerlos.
Se apoltronó a’i en la banquita por dos putas horas hasta que el par de weyes salieron, ya bien comiditos.
El gringo ya no traía el sobrecito.
El cabrón del Velasco ya lo traía bien caleteado adentro de su maletín.
Esa nochecita, Morales le dio a la pensión de retache.
Sacó el tabicote satelital y echó el grito.
Le escupió el chisme a la central al puro centavo: horas, el lugarcito del moche y cómo se aventaron la paseada del sobre.
La central ni se hizo del rogar.
—El caso ya es Operación Activa, mi jefe.
Morales guardó el cel y se quedó echado en su catre, viendo las moscas en el techo.
Él se la sabía: el cagadero ya andaba escalando a las grandes ligas.
Y también topaba que, cuando a estas lacras de cuello blanco les empiezan a meter presión los federales… a huevo, la cagan por pendejos.
A la mañanita siguiente, volvió al banquito, igual de seditas y relajado.
Ahora sí pidió que le pasaran a los de Legal.
Les aventó a la jeta un papelito exigiendo una pinche auditoría por las de la ley a su cuenta, revisada por raza de afuera.
Las doñitas de jurídico andaban tragando saliva.
El pendejo de Velasco les traía prohibido hacerle el trámite al don.
Pero también las morras topaban que si se negaban a sellar la auditoría legal, el sistema del gobierno les iba a atorar una multa encabronada en automático.
En lo que le andaban peloteando los papeles, Morales se dio color de cómo las de las cajas y los trajeados se echaban miraditas cagadas de miedo.
Unos cuantos ya le andaban agarrando la onda de que este viejito no era ningún pendejo que pasaba a cobrar su Afore.
Al cuartito de cristal le cayó el pitazo a Velasco.
El wey azotó el escritorio del puro coraje.
—Ordénenle a Legal que le metan toda la puta burocracia que se pueda p’a trabarle el papelito —ladró el wey.
Lo que el muy idiota no se la olía, es que las “trabas burocráticas” a un oficio legal certificado brincan directito como lucecitas rojas en el sistema del SAT y de la Comisión Bancaria.
Cada que el güey le metía el freno, el gobierno se daba cuenta de que andaba encubriendo chingaderas.
Esa tardecita, Morales se dio un rol por ajuera del edificio pa’ ver a la raza checar tarjeta a la salida.
Y, ¡pácatelas!, pescó a un huerquito oficinista que salió del banco temblando como perro envenenado.
El morro caminaba en chinga, volteando p’atrás a cada rato, como si trajera a la santa muerte pisándole los talones.
Morales le agarró la cola a unas cuadritas de distancia.

Vio cómo el chamaquito se ensartaba a un edificito de depas a’i nomás cerquita.
Morales le apuntó a la dirección en la memoria y se abró p’a su pensión.
Esa noche, en su cuartucho, le dio una repasada a la libreta.
El colmillo de 40 años le cantaba la misma rola: Las tranzas grandotas de los banqueros siempre dejan cabos sueltos humanos.
Un chalequito al que traen apanicado, un secretario pendejeado, o el pobre contador que obligan a firmar el chanchullo.
Si agarraba a uno de esos putos eslabones rotos y lo hacía cantar… la bronca se arreglaba en putiza.
En paralelo, en el banco, el Velasco ya andaba oliendo que el barco se le estaba apestando.
Los chismecitos de las auditorías ya andaban rodando por los pasillos.
La raza de su equipo le sacaba la vuelta p’a no mirarlo a la cara, y su secretaria andaba bien meca y ciscada a la hora de llevarle el café.
El Velasco juró que nomás era psicosis de las oficinas y se le ocurrió la brillante idea de ponerse más perro con las llaves de seguridad; bloqueó cuentas, quitó contraseñas a los de abajo y cerró el candado de los reportes.
Y pum.
Esa pinche movida, en vez de taparle el culo… le soltó todos los perros de alarma al gobierno.
Cortarle los accesos de putazo a las cuentas grandes es la clásica movida de un güey que anda borrando pruebas.
Morales se la pasó la noche en vela, recargado en el marco de la ventanita, guachando a Guanatos de noche.
Su ardilla andaba cruzando hilos, sacando el cálculo de a qué chingada hora el operativo tenía que brincar de “andar de mirones” a “caerles a patear la puerta”.
La paciencia, mi compa, es el arma más letal de un wey infiltrado.
Y en lo que la raza roncaba, los federales de hacienda andaban cruzando las cuentas raras, amarrando el nudo entre el Horizonte Financiero y las putas empresitas fantasma perdidas allá por las Islas Caimán.
Cada chingaderita nueva que botaba, confirmaba que el Velasco era nomás el títere, pero que no andaba trabajando solito.
Morales cerró la libretita y le apagó al foco.
Se tiró al catre y se quedó a oscuras.
A’i se quedó, escuchando los cláxones a lo lejos.
No andaba haciendo corajes, ni se estaba saboreando la venganza p’a sobarse el ego.
Nomas traía esa vibra concentrada, esa paz de perro de guerra que lo traía vivo después de décadas de jale.
Él ya lo sabía: el gerentito mierda que lo aventó como trapo había cometido la cagada más pendeja de los rateros de traje.
Andarle jugando al vergas con el wey que se ve más jodido e inofensivo de todos.