EL MARINO DE EE.UU. LE PREGUNTÓ A UNA MUJER SIMPLE SU NOMBRE EN CÓDIGO… – thuytien

El jefe de la banda se desvaneció en los brazos de su gente, jalando aire a la desesperada. Su cara era un poema: puro pánico y dolor. Tenía los ojos pelados de par en par, batallando para asimilar qué chingados acababa de pasar. A su alrededor, el comedor entero de la cárcel se había quedado mudo. 200 reos viendo el pedo sin podérsela creer.

Mike Tyson ya le había sacado la vuelta al pleito dos veces. Se mantuvo en sus casillas, agarró sus corajes y dio todas las chanzas para que la cosa acabara por la paz. Pero, dos minutos antes, ese mismo líder de la banda acababa de aventarse la peor cagada de su carrera tras las rejas: había amenazado a Mike Tyson y no lo dejaba irse.

Ahora, para agarrarle el hilo a cómo un almuerzo equis en el comedor de la cárcel se volvió el momento que le dio un giro a quién mandaba ahí adentro… y por qué a Mike no le quedó de otra más que brincarle, tenemos que regresarnos al inicio de aquella tarde.

Era a principios del 93. Mike Tyson llevaba unos cuantos meses entambado. Tenía 26 años y andaba pagando su condena en un penal de Indiana. Para estas alturas, ya traía su rutina. Perfil bajo, a cumplir su tiempo, y sacándole la vuelta a la polaca y al chismorreo que se traían tantos reos.

No andaba buscando que le aplaudieran. No andaba buscando hacerse fama. Lo único que quería era salir vivo de su condena y llegarle. Pero, en la cárcel, a veces la bronca te encuentra, la andes buscando o no.

El comedor del penal era de los pocos lugares donde se juntaba toda la raza. Seguridad máxima, seguridad media, de todos los diferentes bloques de celdas. A la hora de la comida, todos andaban revueltos en el mismo pedazo. Era un pinche gallinero, un desmadre y siempre andaba la tensión a tope, nomás a la espera de que se armaran los catorrazos.

Los custodios andaban echando ojo desde allá arriba, trepados por las orillas, listos para caerles si la cosa se salía de madre. Pero casi siempre dejaban que los mismos reos arreglaran sus jerarquías, siempre y cuando no hubiera sangre de por medio.

Mike ya le había agarrado la onda a la política del comedor y se movía con pinzas. Comía en una mesa con otros cuantos vatos que no se metían con nadie. Raza que se la llevaba tranquila, igual que él. Sin colores de bandas, sin broncas; puros pelados que nomás querían sobrevivir un día a la vez.

Esa tarde, Mike hizo la fila para la comida como todos los días. La comida era la típica del bote: un cacho de carne equis, puré de papa, verduras que habían cocido tanto que ya ni color traían, un pan y un cartoncito de leche. Agarró su charola y agarró rumbo para la mesa de siempre.

Ahí fue cuando topó que el ambiente andaba raro. La raza empezó a bajar la voz. Los reos volteaban para la entrada, por donde acababan de llegar unos vatos. Seis pelados caminando en bola, con esa facha de prepotentes de los que sienten que son los dueños del lugar. Y en medio de la bola, un cabrón al que todo el penal conocía: Tony Marchetti.

Tony tenía 42 años, un vato con cadena perpetua que andaba guardado por varios cargos de crimen organizado y agresiones. Llevaba más de diez años en el sistema y, en ese tiempo, se había armado su propio imperio adentro de la cárcel.

Él era el ganón del contrabando, regenteaba la protección a otros reos, era el juez de los pleitos y, básicamente, la hacía de patrón no oficial del lugar. Hasta los guardias se la llevaban leve con él, porque Tony mantenía a la raza a raya, y si había orden, el jale de los custodios estaba más peladito.

Tony era un pinche ropero. Medía como 1.88 y pesaba arriba de los 100 kilos. Estaba mamadísimo por pasarse años levantando pesas en el bote. Traía los brazos tapizados de tatuajes que contaban su historial de malandro, y su cara era de esas curtidas y duras, de alguien que se la ha pasado agarrándose a madrazos toda su vida.

Mike ya lo había guachado antes, pero nunca había cruzado palabra con él. Eso sí, ya había escuchado los chismes: de los vatos que se la quisieron hacer de a pedo a Tony y acabaron en la enfermería; de la red de achichincles y el terror que había sembrado en el penal.

Mike se había propuesto hacerse ojo de hormiga para Tony, ser nomás un reo del montón en lo que cumplía su tiempo. Pero el teatrito estaba a punto de caérsele.

Mike se acomodó en su mesa de siempre con su charola, saludando con la cabeza a los otros dos compas que ya estaban ahí. Apenas le iba a entrar a la papa cuando sintió que la vibra del comedor volvía a cambiar. El cotorreo se apagó por completo. La gente se movía en cámara lenta. Todos andaban de mirones.

Mike levantó la vista y vio a Tony y a tres de sus chalanes caminando derechito para su mesa. La mesa de Mike no estaba en el área donde Tony solía tragar. Esto era con dedicatoria. Tony iba exclusivamente a platicar con Mike, y toda la perrada del cuarto sabía a qué olía eso.

Tony se frenó a escaso metro de la mesa de Mike, con sus chalanes abriéndose a sus espaldas. Los otros dos vatos de la mesa de Mike se pararon en chinga y se pelaron sin decir agua va, dejando a Mike sentadito él solo.

—Tyson —soltó Tony, con voz de que ahí mis chicharrones truenan—. Ocupo platicar contigo.

Mike levantó la vista, bien sereno y con cara de póquer.
—¿De qué rollo?
—De cómo se masca la iguana aquí adentro —dijo Tony—. Mira, te he traído en el radar. Llevas unos mesesillos aquí, calladito y en lo tuyo. Eso es de gente inteligente. Pero la cosa está así: en este penal, o jalas conmigo, o jalas para mí. Esas son las únicas dos sopas que hay.

Mike soltó el tenedor despacito.
—Yo no ando buscando jalar con nadie. Yo nomás vengo a pagar mi tiempo.

Tony peló los dientes, pero de a mentiras.
—Es que así no es el pedo. Tú eres Mike Tyson. Traes cartel. La raza de aquí te respeta. Y eso te hace valioso. Así que, o le metes ese valor pa’ tirarle esquina a mis business, o te vas a volver una bronca que voy a tener que arreglar. Es tu pedo.

Para este rato, en el comedor se escuchaba volar una mosca. Todo mundo andaba de metiche, esperando a ver de a cómo tocaba el chingadazo. Los custodios ya se habían dado color del teatrito y no les quitaban el ojo de encima, con las manos cerquita de los radios.

Mike jaló aire, vio a Tony directo a los ojos y se la soltó peladita y en la boca:
—Yo no trabajo pa’ nadie.

A Tony se le borró la pinche sonrisa.
—No le andas agarrando la onda. Aquí el que manda soy yo. Todo lo que pasa aquí es porque yo doy luz verde. Y tú te crees que te la puedes brincar así nomás.
La voz de Mike siguió bien calmadita, pero con filo.
—Pues ya no.

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