EL POBRE RANCHERO ARRIESGÓ SU VIDA POR DOS HERMANAS APACHE… Y LA DECISIÓN DEL JEFE CAMBIÓ SU DESTINO PARA SIEMPRE.-thuyhien

EL POBRE RANCHERO ARRIESGÓ SU VIDA POR DOS HERMANAS APACHE… Y LA DECISIÓN DEL JEFE CAMBIÓ SU DESTINO PARA SIEMPRE.

La sangre en las manos de Boon Carter no era suya.

Solo eso ya hacía que el momento pareciera irreal. Porque Boon estaba acostumbrado a sangrar por sus propios errores, por su mala suerte, por su terquedad… no por extraños.

El puma yacía a sus pies.

Su cuerpo todavía conservaba calor, sus ojos dorados seguían abiertos y vacíos, fijos en la nada. Ahora ya no parecía un animal, sino un pedazo de violencia que el mundo había dejado caer delante de él.

Boon se tambaleó.

La camisa le colgaba en tiras sobre el pecho, y tres zarpazos profundos le ardían como fuego cada vez que respiraba. A su lado, el poste roto de la cerca que había usado como lanza yacía doblado, con el clavo oxidado torcido por la lucha.

Detrás de él, las dos mujeres apache no corrían.

No gritaban.

Ni siquiera se lanzaban hacia él.

Solo lo observaban.

Eso lo inquietó más que la pelea.

Cualquier hombre razonable habría huido en cuanto vio al puma saltar desde las rocas. Cualquier hombre inteligente se habría escondido o habría salvado solamente su propia vida.

Boon Carter no hizo ninguna de esas cosas.

Se lanzó entre la bestia y dos desconocidas con nada más que un palo roto y la clase de imprudencia que la pobreza enseña mejor que el valor. Y de alguna forma, por fuerza, dolor y pura negativa a morir, ganó.

La hermana mayor fue la primera en avanzar.

Se movía con una calma que parecía equivocada después de tanta sangre y polvo. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Boon, sus heridas, el puma muerto, como si estuviera midiendo algo más que lo evidente.

Luego dijo algo en apache a la menor.

La menor asintió una sola vez, lentamente.

Entonces la mayor volvió a mirar a Boon y habló en inglés.

“El jefe ha estado esperándolo.”

Boon la miró fijamente.

Por un segundo pensó que la pérdida de sangre estaba volviendo absurda la realidad. Nunca había conocido a un jefe apache. Apenas había hablado con un apache en su vida, si es que gritar advertencias desde un camino comercial contaba como conversación.

“¿Esperándome?” preguntó.

Las palabras le salieron ásperas.

Tenía sabor a hierro en la boca.

La hermana menor se agachó cerca del puma y levantó algo del suelo.

Un pequeño hueso tallado.

Era delgado, pálido y estaba manchado de sangre, pero Boon aún podía ver símbolos grabados en la superficie, marcas que no entendía, líneas y ganchos demasiado intencionales como para ser adorno.

Lo alzó hacia la luz que se apagaba.

La hermana mayor entrecerró los ojos.

Luego volvió a mirar a Boon, y esta vez había algo casi parecido a la certeza en su expresión.

“Debe venir con nosotras.”

Boon soltó una risa débil, sin humor.

“No estoy en condiciones de ir a ninguna parte.”

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