Mi crush fingió que también sentía algo por mí, me besó delante de todos y luego se rio en mi cara. Seis meses después, era él quien me rogaba una oportunidad.-ginny

Hay humillaciones que no terminan cuando se apaga la música de la fiesta.

Se quedan.

Se te meten en la piel, en la forma en que caminas hacia tu coche, en cómo miras el espejo al día siguiente, en esa voz interna que empieza a preguntarte si de verdad eras tan fácil de engañar, tan ridícula, tan pequeña como te hicieron sentir.

Eso fue lo que Nico me dejó.

No solo un recuerdo horrible.

Sino una versión rota de mí misma que tardé años en reconstruir.

Me gustó durante casi dos años antes de atreverme a decirle algo. Estábamos en el mismo grupo de amigos durante el penúltimo y último año de secundaria. Nico tenía esa clase de encanto que parece imposible de aprender. Era divertido, rápido, atento cuando quería serlo, y tenía un talento especial para hacer que cualquiera sintiera que era la persona más importante de la habitación. Cuando hablaba conmigo, yo me sentía distinta. Elegida. Cuando recordaba detalles pequeños de mi vida, pensaba que eso significaba algo. Cuando empezó a escribirme más seguido y a proponerme planes solo nosotros dos, me convencí de que quizá sentía lo mismo.

Tenía diecisiete años.

Y quería creer.

Le dije lo que sentía una noche de verano, después de graduarnos, en una fiesta llena de gente que conocíamos de toda la vida. Lo aparté hacia un lado con las manos temblando y el corazón golpeándome tan fuerte que casi me mareaba. Le dije que me había gustado durante mucho tiempo. Que me preguntaba si tal vez él sentía algo parecido.

Sonrió.

Me dijo que había estado esperando a que yo lo dijera.

Me dijo que a él también le gustaba.

Que llevaba meses sintiendo lo mismo, pero no había querido arruinar la amistad dando el primer paso. Dijo que estaba muy feliz de que yo hubiera sido valiente.

Yo casi no podía respirar.

Era todo lo que había imaginado.

Me preguntó si podía besarme.

Le dije que sí.

Fue mi primer beso.

Y durante unos treinta segundos fue perfecto.

Hasta que escuché las risas.

Venían de la puerta trasera.

Varios de sus amigos estaban allí mirando. Uno se doblaba de la risa. Otro aplaudía despacio como si acabara de ver una actuación brillante. Nico se separó de mí con una sonrisa que todavía hoy podría reconocer entre mil. Se giró hacia ellos y dijo:

—Les dije que caería.

Habían hecho una apuesta.

Alguien le había retado a conseguir que yo confesara mis sentimientos, fingir que él sentía lo mismo y besarme delante de todos mientras ellos miraban.

Yo era el chiste.

El premio.

La escena.

No recuerdo cómo salí de aquella fiesta. Solo recuerdo estar dentro del coche, llorando tan fuerte que no veía la carretera, apartándome en un estacionamiento vacío y quedándome allí durante una hora entera hasta que pude volver a respirar sin sentir que me partía en dos.

Fue la peor noche de mi vida.

Y lo peor no fue solo el momento.

Fue lo que vino después.

La historia se corrió por todo el grupo en cuestión de días. Personas que conocía desde hacía años se reían de mí a mis espaldas. Algunas incluso en mi cara. Pasé el resto del verano encerrada en mi cuarto, evitando mensajes, evitando miradas, evitando recordar una y otra vez el instante exacto en que entendí que mi vulnerabilidad había sido entretenimiento para otros.

Luego me fui a la universidad, a cuatro horas de allí.

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